La peor enfermedad de la humanidad no se trata en un hospital, tampoco dentro de un manicomio, menos en el Congreso o en una municipalidad, peor aún en los intestinos del gobierno nacional. La peor enfermedad humana es inherente al alma podrida de los políticos de la hora actual, se trata de la patanería, el odio y la soberbia, de la ignorancia y las incapacidades puestas en un cargo público elegido o designado y desempeñado también –a la vez- desde una gerencia privada sometida a los dictados de los escenarios estatales que dicen qué es lo correcto, qué es lo incorrecto.
Parece una contradicción absoluta y es la irrealidad justificada, donde lo estúpido es lo “nuevo” racional, donde lo inteligente es lo “nuevo” menos adecuado. ¿Qué le pasa entonces a una sociedad confundida entre su existencia y su posible destrucción? La ausencia total y silenciosa de respuestas. Y es allí donde los extremos se ponen en acción, destruyendo lo que nos parece adecuado, dinamitando lo que creemos que es lo mejor. No hablamos de derecha ni de izquierdas, sino de posiciones sobre lo existencial y lo destructivo.
Las sociedades que carecen de liderazgos van por mil rumbos, sin destino, enredadas, cortoplacistas, de menos a menos aún, entre lo peor y más abajo todavía. Y sin embargo, se les reclama a nombre de los que no dicen nada, porque esos y esas viven sin decir nada, están siguiendo el caos y son parte del silencio aceptado. Pero, claro está que los políticos se sientan sobre sus silencios –los de la gente- para imponer la bulla de la estupidez.
¿Estamos en una rueda enorme, desinflada, en un país que se acostumbró a la estupidez y la hace una costumbre como aceptando la desgracia, haciéndola suya? ¿Qué le ocurre a un país que no sabe tomar decisiones políticas? La respuesta es…perder el tiempo y entregarse a los idiotas.
¿Podemos recuperar el tiempo? Sí, pero no se trata de estar corrigiendo o “arreglando” cada desastre secuencial, sino de no tener ni desastres ni retrocesos a cada rato, ni idiotas ni estúpidos gobernando o decidiendo, sino de construir, decidir, emprender, hacer y conquistar el presente para dominar las perspectivas del futuro.
La democracia no debe depender de acuerdos, sino de decisiones.