No se trata de decir que “la política siempre es así”, porque estaríamos aceptando que lo malo que sucede en todo sentido, sea instituciones, valores, personas, medios y poderes públicos es sencillamente “así”, un nido de corrupción extensa y una fuente envenenada que fluye hacia las personas para convertirlas en autómatas y siervos adormecidos que van en un péndulo que oscila entre la indiferencia y la sumisión de la esclavitud actual.
Aceptar la maldad como orden impuesta, la perversión como práctica usual y oficial, y la sujeción a los que hacen política criminal -los que dicen que no son políticos-, pero sabemos que son criminales por sus actos, palabras y resoluciones, no es humano, así se venda como “un nuevo derecho” desde el discurso progresista que se siente por encima de todo valor y virtud mientras intercambia principios, por aberraciones y verdades por mentiras.
Estamos en una triple escena: (1) Con escándalo presidencial (2) Normalización de los niveles de delincuencia y corrupción, y (3) Campaña electoral confusa donde ni los candidatos ni los medios informan propuestas.
El gran teatro del absurdo está lleno, las plazas pagadas por nuestros impuestos, para que las ocupen los mismos de siempre o sus cómplices, están listas para ser nuevamente ocupadas -otra vez- por los mismo de siempre. Esa triste realidad es la que caracteriza las últimas décadas. ¿Lo vamos a volver a permitir? Es doloroso aceptarlo, nos cuesta creer que podría repetirse lo que nos ha dañado y que no estemos impregnados de indignación para que no nos ocurra siempre lo mismo.
Los delitos no pueden volver a tener espacio en la política convertidos en Diputados o Senadores, en presidente o ministros que parecen la mesa de la mafia. Nos toca ser duros, reacios, reaccionarios y dar desde ahora señal de alerta y castigo. Hay que ser y estar prevenidos, porque este 2026 nos caemos y enterramos, o nos ponemos de pie y ascendemos en democracia y Libertad.
