“Nunca olvidaré esa noche, la primera noche en el campamento, que convirtió mi vida en una larga noche sellada siete veces. Nunca olvidaré ese humo. Nunca olvidaré la carita de los niños cuyos cuerpos vi transformados en humo bajo un cielo silencioso” Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz, 1968
Cuando estaba en el colegio, un buen sacerdote tuvo la profundidad necesaria para contarnos los sucesos que se desarrollaron en la Segunda Guerra Mundial y en especial, el desenlace horroroso, la terrible persecución contra los judíos, un pueblo esparcido en la Europa que languidecía por sus propios errores y malos gobernantes, pero una Europa, al fin y al cabo, necesitada de culpables y víctimas políticas para silenciar el grito de inconformidad y protesta que crecía inconteniblemente. Se señalaron culpables a niños judíos, jóvenes judíos, mujeres y ancianos judíos, trabajadores judíos y gentes de toda condición social que tenían un camino para ellos y sus familias, pero no en medio de una violencia desatada para exterminarlos.
Los judíos fueron una excusa en el tiempo, se les etiquetó como culpables en un proceso que nadie sabía que se había iniciado para justificar su matanza desde el poder del partido nacionalsocialista, los nazis, que desarrollaron métodos de crueldad inimaginable entre seres humanos, creando enormes Campos de Concentración en donde agruparon y amontonaron en barracas asquerosas -como si fueran animales por degollar-, a más de seis millones de judíos que fueron maltratados, humillados, torturados, vejados y luego asesinados de la forma más miserable. Esa cifra de seis millones de seres humanos eliminados por odio es solamente una parte del total de las víctimas directas reconocidas en esas fábricas de la muerte, cuya producción mortal era premiada por los nazis, pero hubo otras cifras, las de las víctimas asociadas, es decir, de cientos de miles de niños huérfanos, esposas que quedaban viudas y esposos que enviudaron, ancianos que perdían a sus hijos, hermanos que nunca fueron encontrados por ser ellos el objetivo en las masivas redadas y desapariciones forzadas. Solo por ser judío, una persona merecía ser asesinada en la Alemania nazi y en cualquier nación invadida y diezmada por los nazis.
“Caminaban lentamente, obedecían antes del látigo de la maldad que se lanzaba sobre sus espaldas. Los vi y me vi dentro del mismo cuerpo y lugar, sin nombre, sin rostro, sólo un número de la muerte en mi brazo, junto a mi puño que todavía se levanta contra el horror del odio y la maldad”
¿Y qué nos quedó en el recuerdo?
No fue fácil reconstruir los hechos, ubicar a los muertos, llorar sin volver a llorar cada día más, cuando el mundo se resistía a reconocer los horrores de la guerra, el odio de los nazis y sus socios y sus reemplazantes comunistas en un lado de la dividida Alemania post guerra. Pero la humanidad renació, la esperanza devolvió la dignidad en el alma herida y el corazón sangrante que debía cicatrizar, sin olvidar, jamás olvidar lo sucedido y la Memoria de las víctimas totales.
Hoy en tiempo de grandes convulsiones, hay que volver a revisar, leer y entender los hechos pasados para que no se repitan, para que no se vuelva a ser tolerantes con el daño a la humanidad, para que NUNCA renazcan los odios gobernando contra pueblos y personas, eliminando la justicia y la Libertad.
“Volví a un Campo de Concentración veinte años después, treinta años después y mis lágrimas seguían allí, entre maderas del galpón y recuerdos del horror. Mi esposa, mis hijos y mis padres, están debajo de mis lágrimas. Yo solo vengo a consolarlas porque necesitan mi compañía, por eso vuelvo”
Rezo como católico por mis hermanos judíos y los abrazo eternamente.

