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La violencia que aprendemos a mirar: series juveniles y responsabilidad social

"Este reparto emocional de la responsabilidad genera una sensación de impotencia colectiva que, lejos de activar el debate público, puede contribuir a la parálisis social"

by La conversación
28/01/2026
in Detector de Redes Sociales
La violencia que aprendemos a mirar: series juveniles y responsabilidad social
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Las series se han convertido en uno de los dispositivos culturales más influyentes de nuestro tiempo. No solo porque acumulan millones de visualizaciones, sino porque intervienen directamente en la manera en que la sociedad interpreta la violencia, el sufrimiento y la responsabilidad colectiva, como ocurre en el caso de Adolescencia. Ya no estamos únicamente ante productos de entretenimiento: estamos ante relatos con efectos sociales medibles.

Tráiler de la serie Adolescencia.

Desde la investigación académica en comunicación, ética y cultura digital se observa una tendencia significativa: muchas de estas narrativas construyen un marco estético y emocional en el que la violencia deja de ser un acontecimiento excepcional para integrarse en lo cotidiano.

No se muestra de forma explícita ni espectacular, sino envuelta en una estética cuidada, íntima e incluso amable. Esta combinación de visualidad pulida y contenido profundamente perturbador no es inocente. Un ejemplo de este marco estético aparece en secuencias cotidianas ambientadas en espacios domésticos o escolares, filmadas con luz suave, encuadres estáticos y un ritmo pausado.

En Adolescencia, escenas aparentemente triviales –una conversación en la cocina, un trayecto en autobús o un pasillo escolar en silencio– se convierten en el escenario donde se filtra el malestar, sin necesidad de mostrar la violencia de forma directa. La calma visual contrasta con la gravedad de lo que se sugiere, integrando el conflicto en la rutina diaria y naturalizando su presencia.

Belleza visual en consumo de drogas

Algo similar ocurre en Euphoria, donde situaciones de abuso, autolesión o consumo de drogas se integran en escenas de gran belleza visual, con una fotografía estilizada, colores saturados y una puesta en escena cuidadosamente coreografiada.

Tráiler de la tercera temporada de Euphoria

La violencia y el malestar no aparecen como rupturas excepcionales del relato, sino como parte del día a día de los personajes, envueltos en una estética que resulta emocionalmente atractiva para el espectador, incluso cuando representa experiencias profundamente perturbadoras.

Las evidencias científicas indican que estas producciones operan a través de una ambivalencia ética estructural: invitan al espectador a empatizar intensamente con el dolor, pero sin proporcionarle herramientas suficientes para interpretarlo críticamente ni para situarlo en un marco claro de responsabilidades sociales, institucionales o políticas. El resultado es una experiencia emocional intensa, pero moralmente abierta y ambigua.

En este tipo de narrativas, presentes en distintas series juveniles recientes, la violencia se desplaza hacia los silencios, los primeros planos de rostros devastados, la culpa que no encuentra causa ni solución y la impotencia de familias, escuelas y autoridades. Este patrón no se limita a un solo título, sino que se repite en producciones que integran el conflicto en la experiencia cotidiana de los personajes.

Conmoverse para seguir consumiendo

El espectador no es llamado a comprender las raíces del conflicto ni a cuestionar los sistemas que lo producen, sino a sentir, conmoverse y seguir mirando. El sufrimiento se transforma en un recurso narrativo eficaz, capaz de generar atención, conversación y consumo continuado.

Este modelo encaja con la lógica de las plataformas digitales, donde el impacto emocional sostenido, la ambigüedad y el debate maximizan la permanencia y la rentabilidad.

En este sentido, las plataformas no actúan únicamente como intermediarias culturales: funcionan como agentes de socialización, influyendo en la manera en que se normalizan la violencia, el malestar y la fragilidad institucional.

Un aspecto especialmente relevante del análisis, señalado por estudios recientes, es el modo en que estas narrativas desplazan la responsabilidad. En lugar de situar la violencia en causas estructurales claramente identificables, construyen una culpa difusa que recae simultáneamente sobre familias, escuelas e instituciones desbordadas. Este reparto emocional de la responsabilidad genera una sensación de impotencia colectiva que, lejos de activar el debate público, puede contribuir a la parálisis social.

Desde una perspectiva de política pública, el riesgo no está en mostrar realidades incómodas, sino en habituar a la ciudadanía, y especialmente a los jóvenes, a convivir con ellas sin claves de interpretación. Cuando la violencia se consume como experiencia estética, se debilita la frontera entre empatía y banalización. Y cuando esa frontera se erosiona, la capacidad crítica de la sociedad se resiente.

En el Reino Unido, este debate ya ha comenzado a trasladarse al ámbito educativo. Algunas series juveniles recientes como Adolescencia han sido recomendadas o utilizadas como material de apoyo en contextos escolares para abordar cuestiones como la violencia juvenil, la salud mental o la convivencia, bajo la premisa de que su impacto emocional puede favorecer la reflexión y el diálogo.

No obstante, diversos análisis advierten de que, sin una mediación pedagógica clara y objetivos formativos definidos, este tipo de iniciativas corre el riesgo de confundir la potencia emocional del relato con una intervención educativa eficaz, trasladando a la ficción responsabilidades que corresponden a las políticas públicas y a la acción institucional.

Por ello, la alfabetización mediática ya no puede seguir tratándose como una competencia secundaria o meramente técnica. Es necesario integrarla de forma explícita en las políticas públicas educativas: incorporar la ética audiovisual en los currículos, reforzar la formación del profesorado en lectura crítica de narrativas digitales y promover una mayor corresponsabilidad de las plataformas como actores culturales con impacto social. No se trata de censurar ni de prohibir, sino de formar ciudadanía crítica en un ecosistema mediático dominado por la emoción.

La responsabilidad de las plataformas

Junto a la alfabetización mediática, este debate interpela también a las propias plataformas. Como actores centrales en la circulación y promoción de contenidos, su responsabilidad no se limita a ofrecer acceso, sino que incluye decisiones editoriales, sistemas de recomendación y políticas de visibilidad que influyen directamente en qué narrativas se consumen y en qué condiciones. Incorporar criterios éticos en estos procesos forma parte del debate público pendiente sobre la gobernanza de la cultura digital.

En este sentido, trasladar el conocimiento generado por la investigación académica al debate público se vuelve fundamental para dotar a la ciudadanía de herramientas críticas frente a narrativas audiovisuales cada vez más influyentes.

Porque cuando la violencia se vuelve normal en las pantallas, el verdadero riesgo es que también lo haga en nuestra forma de entender el mundo.

 

Nota de Redacción: el presente artículo se publicó originalmente en www.theconversation.com bajo la autoría de Bárbara Castillo Abdul Docente e Investigadora Senior, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología.

Tags: jovenesseriesThe Conversationviolencia
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