Stefan Zweig (1881-1942) es uno de los grandes escritores al que vuelvo frecuentemente. El mundo de ayer. Memorias de un europeo (Acantilado, 2011) es el testimonio sincero de un intelectual que vivió su tiempo intensamente en el mundo de las letras, atravesado por la gloria de la cultura vienesa y las tragedias de las dos guerras mundiales del siglo XX. Zweig se vio a sí mismo como austríaco, judío, escritor, humanista y pacifista. Su talante europeo sobresalió por encima de cualquier nacionalismo y de toda ideología totalitaria como lo fueron el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania y el bolchevismo en Rusia (cfr. p. 5).
En sus escritos se percibe el espíritu de tolerancia propio de su estilo de vida: vivir y dejar vivir. Fue ajeno a las posturas apodícticas de quienes pretendían encorsetar el mundo de la vida en unas pocas ecuaciones matemáticas, desconociendo la naturaleza y maleabilidad propia de los asuntos humanos, en los que confluyen diversos vectores vitales y racionales dándole aromas, sabores y texturas tan diversas a las biografías personales. La formación humanista que recibió en su niñez y adolescencia le facilitó su dedicación a las letras. Su etapa universitaria acentuó su amor a las humanidades, en cuyo campo se movió como Pedro por su casa, ya en Austria, Francia o Inglaterra.
Fue un pacifista en todo momento. A Erasmo de Rotterdam le dedicó una de sus biografías de madurez, la cual consideró como un autorretrato encubierto. Anota: “Debo decir— y no me avergüenza confesar públicamente este defecto— que el heroísmo no forma parte de mi carácter. En todas las situaciones peligrosas, mi actitud natural ha sido siempre la de esquivarlas y en más de una ocasión tuve que tragarme el reproche—quizá justificado— de persona indecisa, que tantas veces le habían hecho también a mi venerado maestro de un siglo ajeno, Erasmo de Rotterdam (p. 248)”. Y quizá, Zweig, al igual que su querido Erasmo, fracasó en el intentó de “cortar el paso de la sinrazón con la razón” (p. 411).
Le abruma la pérdida de la cordura de la que es testigo. Señala cómo en la Guerra del 14 la palabra tenía fuerza y era creíble. Rolland fue así la conciencia moral de Europa en la Primera Guerra Mundial: “Era plenamente consciente de que el amigo que tenía ante mí era la persona más importante de aquella hora mundial nuestra, de que era la conciencia moral de Europa quien me hablaba. En aquel momento pude darme cuenta de todo lo que hacía y había hecho con su extraordinario servicio a la causa del entendimiento mutuo. Trabajando día y noche, siempre solo, sin ayuda de nadie, sin secretario, seguía las declaraciones y manifestaciones de todo tipo y de todos los países; mantenía correspondencia con muchísima gente que le pedía consejo en problemas de conciencia; … sentía la responsabilidad de vivir unos tiempos históricos y la necesidad de rendir cuentas a los tiempos futuros (p. 287)”. En cambio, en la Guerra del 39, la palabra del escritor no tiene piso, ni impacto, ni fuerza. El caos desatado por Hitler rompe con todos los ideales de civilización y humanismo por los que trabajó.
En sus escritos, Zweig no se entretiene en digresiones superfluas y lo agradezco. Así lo señaló: “nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro llenos de descripciones superfluas, de diálogos plagados de cháchara y de personajes secundarios innecesarios; resultan demasiado extensos y, por lo tanto, demasiado poco interesantes, demasiado poco dinámicos. Incluso en las más famosas obras maestras de los clásicos me molestan los abundantes pasajes arenosos y monótonos, y muchas veces he expuesto a los editores el osado proyecto de publicar un día toda la literatura universal en una serie sinóptica, desde Homero hasta La montaña mágica, pasando por Balzac y Dostoievski, con cortes drásticos de pasajes superfluos concretos; entonces todas esas obras, que sin duda poseen un contenido intemporal, podrían volver a infundir vida a nuestra época (p. 344)”. Discutible opinión, desde luego; no obstante, me resulta un comentario lúcido: hay digresiones innecesariamente fatigosas, en algunos libros.
Los momentos estelares de la alta cultura vienesa brillan en la pluma de Zweig. Horrorizan el miedo, la destrucción, la caída profunda de los cristos del alma -César Vallejo- que dejan las dos guerras mundiales. Los seres humanos, de ordinario, queremos el orden, la paz, la desaparición de las guerras. Sin embargo, aquí y allá, continúa la violencia; pero también se alzan remansos de paz y esperanza. Cada generación vive su tiempo y ayuda a la configuración del mundo. Stefan Zweig fue un europeo a carta cabal. Escribió y vivió con una idea fundamental, la unión espiritual de Europa. Existe, pues, un espíritu europeo, como también, un espíritu humano. Hay un ayer, un hoy y un mañana, cuya historia no es lineal. El mundo tiene un presente y un futuro preñado de esperanzas. Un mundo perfectible en el que no sobra ni una gota de rocío.

