Conozco muchos casos donde líderes o activistas de izquierda celebran embarazos propios con alegría (incluso invocando a Dios, lo cual puede chocar con sus posturas públicas), mientras defienden opciones que no usan. Y del lado conservador o de derecha, hay también ejemplos de quienes predican restricciones estrictas, pero buscan abortos discretos cuando les toca de cerca. ¿Un juego de ambivalencias? Absolutamente, y lo llamaría hipocresía militante, porque a menudo las posiciones se endurecen por ideología o conveniencia política, no por coherencia personal. Al final, esto resalta que las decisiones sobre la vida y la maternidad son íntimas, y que nadie está exento de contradicciones cuando la realidad golpea. Entonces me pregunto: ¿una vida por nacer golpea? ¿o lo que en realidad golpea es la decisión de eliminar una vida, asesinar a un niño por nacer?
Sobre el slogan “aborto legal, seguro y gratuito”, mantengo mi escepticismo y lo de que sea más un eslogan que una realidad plena. En países como Chile, Argentina y México, donde he estado, la implementación varía y no siempre es tan accesible o “fácil” como se pinta en campañas. Por ejemplo, en Argentina, la ley de 2020 permite el aborto voluntario hasta la semana 14 de gestación, y sin límites en casos de violación o riesgo para la salud, pero hay barreras como objeción de conciencia de médicos, falta de insumos en regiones rurales o estigma social, lo que hace que no sea tan “sencillo” como un recurso casual.
En Chile, el aborto solo está despenalizado en tres causales (violación, riesgo para la madre o inviabilidad fetal) desde 2017, y hay reportes de instituciones que se niegan a practicarlo por razones éticas, extendiendo tiempos y complicando el acceso -no se ha avanzado a una legalización más amplia, y hasta hay propuestas para retroceder-. En México, despenalizado a nivel federal en 2023, pero varía por estado: en algunos como la Ciudad de México es hasta la semana 12, con servicios gratuitos, pero en otros persisten restricciones o demoras burocráticas.
Y sobre los niños por nacer con síndrome de Down, es un tema que duele y plantea dilemas éticos profundos. Esas estadísticas son alarmantes: en Europa, en promedio, alrededor del 54% de los embarazos detectados con Down terminan en aborto, con variaciones por país: en el sur de Europa, como España, llega al 83% o más (incluso estimaciones de 90-95% en años recientes). En lugares como Islandia, es casi el 100%, y en Dinamarca, cerca del 79%. Esto no es solo una “elección”; refleja presiones sociales, miedos a la discapacidad y avances en pruebas prenatales que facilitan detecciones tempranas.
Es un crimen de lesa humanidad en el sentido moral, porque ignora el valor inmenso de esas vidas: niños con Down son amorosos, amigables, capaces de enseñar lecciones profundas sobre empatía y resiliencia. La vida no se mide por “perfección” física o intelectual; se trata de dignidad inherente. En lugar de abortos automáticos, deberíamos invertir en apoyo para familias: educación inclusiva, terapias accesibles y sociedades que celebren la familia y ayuden a las madres con hijos que forman su hogar.
Al final, estos escenarios nos recuerdan que defender la vida del niño por nacer va de la mano con apoyar a las madres en todas las circunstancias, sin juicios ni hipocresías
