La indiferencia permanente conduce al negacionismo extremo y eso es justamente lo que está en ebullición en el Perú, el negar las elecciones como una válvula que recupere las formas de edificación de la Democracia, como un camino que rehabilite en el proceso a los partidos políticos; pero es tal la cantidad de impresentables en todo el mapa partidario y son tan absurdas las propuestas (y cuesta decirles propuestas a tantas idioteces), que para los ciudadanos este proceso electoral es una burla tan larga y aburrida, como el antro desde donde compiten en son de lucha tribal los candidatos a la presidencia, al Senado, a la Cámara de Diputados y el Parlamento Andino, los cuatro niveles de cobranza a cambio de una candidatura que no se sustenta en la verdad ni en la transparencia.
Nuestro problema, el problema actual, es que asistimos a más de lo mismo, con los culpables de siempre, Y saber eso nos hace corresponsables, aunque vomitemos bilis escrita en las redes sociales. Somos parte y complemento de lo que nos está pasando hace décadas, somos parte y no nos funciona el convencer a otros de este drama a fin de pasar a soluciones ciudadanas.
Vivimos de censuras, vacancias, traiciones, olvidos y perdones, defenestraciones y gritos de un día, aplausos de una semana quizás, tal vez un poco más, pero volvemos al mercado libre de la desilusión en segundos. Eso es lo que se escribe en la historia del Perú del siglo de la oscuridad moral, del callejón del apanado “ético”.
Amigos y no amigos: Estamos creyendo, por presión de los medios y los grupos de presión (ya no hay grupos de poder) que “falta un outsider” y no es verdad porque sobran “insiders”, sobran en cartera los mismos de siempre, tenemos en lista muchos por revisar y uno por escoger. ¿Qué hacemos en esta particular situación? Buscar entre los que se encuentran entre los diez primeros a uno, alguien que tenga alguna cercanía a nuestra posibilidad de creerle un poquito, alguien que se muestre por lo menos, “menos controversial” y, de su lista al Congreso, para no ser arqueólogos políticos, marquemos el símbolo del mismo candidato. Eso es lo que no queda ahora, sino, este desenlace histriónico de cómicos ambulantes continuará y que no les extrañe que los ciudadanos voten en blanco o nulo en mayoría, o no vayan a votar. En ese caso, se podrían anular las elecciones y entraríamos a un caos que no hemos conocido aún y seguramente, como nos faltan desastres, sea lo mejor que nos pueda pasar.
Nadie lo está analizando, solo nosotros, como siempre, viendo las sombras bajo los árboles que pueden arder.
