Thomas Hobbes (1588-1679) decía que su hermano gemelo era el miedo. Vivió una época convulsionada de guerras e inestabilidad política. En su libro Leviatán ideó el artefacto político (el Estado) para darle seguridad a los súbditos frente a sus conciudadanos y frente a los enemigos externos. Un artefacto, modo geométrico, lo suficientemente fuerte para conseguir la seguridad y paz entre los hombres en estado de naturaleza, pendencieros y en guerra continua de unos contra otros, sujetos al dominio de los poderosos. Hobbes consideraba esencial la existencia de un pacto social que permitiera la autoconservación de los seres humanos, para cuyo fin se necesitaba de un Leviatán fuerte, un ogro filantrópico generador de orden y paz. La Unión soviética, la Alemania nazi y la China comunista del siglo XX son un trágico ejemplo de estos leviatanes que, en su desquiciado afán de perfeccionar a la “humanidad”, sacrificaron a millones de seres humanos en su fallido intento de crear un hombre nuevo. Sus imitadores menores nos han dejado, también, desolación y muerte.
El mito del Leviatán no ha desparecido, continúa vivo en el siglo XXI. Así lo afirma John Gray en su libro Los nuevos Leviatanes. Reflexiones para después del liberalismo (Sexto Piso, 2024). Los Estados neototalitarios actuales son más ambiciosos que sus predecesores del siglo pasado. En una época en que el futuro se antoja profundamente incierto, lo que persiguen ya no es sólo alcanzar seguridad, sino más bien proporcionar un sentido a la vida de sus súbditos. Eso sí, como los regímenes totalitarios del siglo XX, los nuevos leviatanes siguen siendo ingenieros de almas y buscan liberar a los ciudadanos de las cargas de la libertad (cfr. pp. 23-27). Ejemplos de estos nuevos totalitarismos son el Leviatán Ortodoxo ruso de Putin y el panóptico chino de Xi Jinping. Este último, señala Gray, más que basado en los valores confucianos de la armonía social, está basado en Mao Zedong quien arrasó con la civilización para implantar una horrible utopía occidental. Xi estaría más cerca de Carl Schmitt que de Hobbes; una mezcla de Marx, Schmitt y Jeremy Benthan, inventor del panóptico que todo lo ve (cfr. pp. 51-60).
La lectura de Gray sobre el panorama político global es sugerente. Al referirse a Rusia, acude a escritores rusos y europeos del Este. Una ventana intelectual enriquecedora con autores a los que no había frecuentado: Rózanov, Leóntiev, Kirílov, Bóldirev, Czapski, Tiffi, Zamiatin (su novela distópica Nosotros, es el antecedente de 1984 de Orwell). Gray es, asimismo, un crítico agudo del movimiento woke y afirma, en contra de lo que dicen sus críticos de derecha, que el pensamiento woke no es una variante del marxismo (cfr. pp. 128-129). Más bien lo califica como una manifestación de lo que llama hiperliberalismo, puro furor moral puritano desbocado, “pues no está refrenado por la misericordia divina ni por el perdón de los pecados: no hay tolerancia para los que se niegan a ser salvados (p. 140).
Gray sostiene que el telón de fondo del liberalismo es el cristianismo, una plantilla que, con el pasar del tiempo, se ha desconfigurado, al punto de quedar tan solo letras sin espíritu. Gray no espera salvar al mundo ni considera que esté en nuestras manos dar con “el mejor régimen político”, entre otras cosas porque opina que no hay un sentido de la historia, ni punto de llegada final. Lo que tenemos es un flotar global, de ahí que para él la gran labor de nuestro tiempo no es atar de pies y manos a los nuevos leviatanes, sino acercarlos más a aquello que Hobbes creía que el Leviatán podría ser: el portador de una existencia pacífica en medio del mosaico de regímenes variopintos. Una paz, por cierto, entendida como una tregua parcial y temporal (cfr. pp. 176-177).
En Gray hay mucho escepticismo y una frágil esperanza. Todo se jugaría aquí, pero sin finalidad ni sentido en la historia global y en la biografía personal, ¿cómo afrontar el futuro? La respuesta de Gray es frágil y nada consistente. Dice: “La nada interior puede movernos a la acción al servicio de la vida (…). Si seguimos adelante es porque no podemos hacer otra cosa. Es la vida la que tira de nosotros; la vida es el timonel que nos pilota hacia la tempestad (p. 178)”.
El diagnóstico de Gray arroja luces para comprender el momento político y social de nuestro tiempo, pero su antropología es muy precaria. El ser humano queda reducido a una pluma flotando en el mundo globalizado. No tiene ningún atractivo levantarse cada mañana para seguir viviendo porque se está vivo… La persona es polvo, cierto, pero polvo enamorado como lo dice el poeta. Somos caminantes con origen y destino. La ciudad de los hombres requiere de la ciudad de Dios.
Nota de Redacción: Francisco Bobadilla publica con regularidad en su blog Tertulia Abierta

