La mejor manera de encontrar un buen motivo para escribir sobre el Perú, es recordar algunas canciones que te han impactado el corazón, buscar en sus letras el fondo del sentimiento completo y dárselas a tu imaginación para componer tú también, el canto de una reflexión y la estrofa de una esperanza que hagan vibrar al coro que se levanta desde el pueblo, ese marco de abundantes miradas que no los encuentran los indiferentes con el país, o sea los hambrientos del delito y explotadores de la impunidad, es decir, la suma perniciosa de las izquierdas y de aquellos mercantilistas que usan lo público desde lo privado, para desmantelar los caminos de progreso y desarrollo armónico que tanto anhelamos, para que sean cimientos permanentes ahora y después, sostenibles en el tiempo.
Una canción sin fanatismos tiene letras de entusiasmo genuino y por eso junté alguna frase de “Despacito” para tratar de entender por qué, si la democracia es lo mejor que tenemos para gobernarnos, con prudencia, “sólo con pensarlo se me acelera el pulso” (de un gran temor, de una gran incertidumbre). Y entonces me pregunto en un sentimiento mayor: ¿por qué no nos gusta más de lo normal? ¿qué le hemos hecho y qué hemos permitido que le hagan a la democracia para sea tan rechazada y salgan voces y rostros amantes de las dictaduras, hasta el extremo de decir que Cuba es una democracia o que Venezuela ejercía su propio estilo de democracia, como lo viene haciendo Nicaragua, llenando todos ellos las cárceles con jóvenes ciudadanos, con madres de familia que cometieron “el error” de pedir un pan, un balde de agua o esa maravillosa palabra llamada Libertad?
¿Es democracia lo que vemos, leemos y escuchamos? ¿O se trata de “la nueva democracia” que como “la nueva familia”, “los nuevos géneros” y la abundante novedad de la diversidad destructiva ha incluido “la nueva verdad” en un mundo que todo lo destruye? ¿Por qué la vieja Democracia no la resucitamos si el mundo era un mejor lugar para todos? ¿Y “la vieja” política, la vieja familia, el viejo hombre y la vieja mujer, que eran la plataforma en la cual millones de personas se formaron y crecieron sin que coexistamos, como ahora, con las nuevas modas de la perversión, la pedofilia, el aborto y el suicidio “asistido”, como una nueva forma de matar la lucha por la vida?
Tenemos un reto inmenso, rehabilitar la Democracia, proteger la Libertad y esa gran tarea, no las vamos a poder realizar luego de estas elecciones si se repiten los mismos escenarios pasados de confrontaciones insensatas y anuncios de revanchas “si no me das lo que quiero y yo no te doy lo que quieres”; si observamos a los dueños de los partidos y sus cómplices acrecentar la destrucción de la estabilidad económica del país, que se estanca o retrocede en el juego del populismo y la demagogia que revienta las arcas fiscales para juntar más votos que se convierten -por alquiler- en el soporte electoral de los cárteles políticos.
Si el mundo va por las guerras y las cobardes matanzas, no tenemos que hacerlo nosotros. Si el mundo no quiere creer más en la democracia y la Libertad, no tenemos que aceptarlo. Y si esos contagios se vuelven inevitables no te creo, no lo aceptes que no debemos de hacerlo.
Déjame decirte, despacito, que se viene horas y zonas de peligro, ahora hay que tomarlo con apuro y no esperar los gritos del final del camino o el contagio desde afuera.
Quisiera que la canción de la Democracia sea letra de unidad y música de conquista, pero por ahora, no veo el camino si no nos comprometemos, cada uno desde nuestro lugar y posición, a rehabilitar la Democracia.
