Resumimos el mensaje de su Santidad, Papa León XIV con ocasión del décimo aniversario de la Exhortación apostólica Amoris laetitia, fruto de años de discernimiento sinodal sostenidos por el Año Santo de la Misericordia:
Recogiendo los frutos del discernimiento sinodal, Amoris laetitia ofrece una enseñanza valiosa que debemos seguir profundizando hoy: la esperanza bíblica de la presencia amorosa y misericordiosa de Dios, que permite vivir “historias de amor” incluso cuando se atraviesan “crisis familiares” (cf. n. 8); la invitación a adoptar “la mirada de Jesús” (cf. n. 60) y a estimular sin descanso «el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar» (n. 89); el llamamiento a descubrir que el amor en el matrimonio “siempre da vida” (cf. n. 165) y que es “real” precisamente en su modo “limitado y terreno” (cf. n. 113), como nos enseña el misterio de la Encarnación. El Papa Francisco afirma «la necesidad de desarrollar nuevos caminos pastorales» (n. 199) y de “fortalecer la educación de los hijos” (cf. cap. VII), al tiempo que invita a la Iglesia a “acompañar, discernir e integrar la fragilidad” (cf. cap. VIII), superando una concepción reductiva de la norma, y a promover «la espiritualidad que brota de la vida familiar» (n. 313).
Como tuve ocasión de decir a los jóvenes reunidos en Tor Vergata durante el Jubileo de la Esperanza, «la fragilidad […], forma parte de la maravilla que somos». No fuimos hechos «para una vida donde todo es firme y seguro, sino para una existencia que se regenera constantemente en el don, en el amor». [5] Para cumplir con la misión de anunciar el Evangelio de la familia a las jóvenes generaciones, debemos aprender a evocar la belleza de la vocación al matrimonio precisamente en el reconocimiento de su fragilidad, a fin de despertar «la confianza en la gracia» ( AL 36) y el deseo cristiano de santidad. También debemos sostener a las familias, particularmente a aquellas que sufren tantas formas de pobreza y violencia presentes en la sociedad contemporánea.
Damos gracias al Señor por las familias que, a pesar de las dificultades y los desafíos, viven «la espiritualidad del amor familiar […] hecha de miles de gestos reales y concretos» (n. 315). Expreso en este sentido mi gratitud a los pastores, a los agentes de pastoral, a las asociaciones de fieles y a los movimientos eclesiales comprometidos con la pastoral familiar.
Nuestra época está marcada por rápidas transformaciones que, incluso hoy más que hace diez años, hacen necesaria una especial atención pastoral a las familias, a las que el Señor confía la tarea de participar en la misión de la Iglesia de anunciar y dar testimonio del Evangelio. [6] De hecho, hay lugares y circunstancias en los que la Iglesia «sólo puede llegar a ser sal de la tierra» [7] a través de los fieles laicos y, en particular, de las familias. Por eso, el compromiso de la Iglesia en este ámbito debe renovarse y profundizarse, para que aquellos a quienes el Señor llama al matrimonio y a la familia puedan vivir su amor conyugal en Cristo y los jóvenes se sientan atraídos por la intensidad de la vocación matrimonial en la Iglesia.

