Buscar mensajes coherentes es difícil en el Perú político que acumula generalidades y torpezas porque no se trata de candidatos sino de “pretendientes a ser actores” que no entienden que su rol es ser gestores en una nación invadida por la corrupción, la mediocridad y la impunidad en el gobierno. Salvo dos candidatos, Keiko Fujimori y Ricardo Belmont, más allá de la identidad o simpatía que cada quien quiera tener y defender, no se tuvo protagonistas en el cierre, sino lo mismo del movimiento de plazuela, banderas, pica-pica, globos, música estridente y “muchos alquilados” junto a los candidatos al Senado y la Cámara de Diputados que no movilizan ciudadanía (la gran mayoría en cada partido) sino que tratan de hacer un autobombo vergonzoso.
Política, política de verdad, como debe de ser, casi nada, casi nadie (hay excepciones por supuesto).
Comentemos un caso interesante: Keiko Fujimori muestra una estructura partidaria cohesionada a la que le falta capacidad de convocatoria y movilización masiva para enfrentar y pelear la calle en momentos complicados en que se requiere el apoyo popular. Keiko Fujimori tiene un discurso ordenado y dirigentes que saben ser leales. Sin embargo, carece de una buena red de afiliados y simpatizantes fieles “más allá de ella” (un valor y a la vez riesgo si no hay nadie luego de ella -como partido que tenga perdurabilidad y liderazgos alternos-.
Ricardo Belmont es un producto de la casualidad manipuladora, es el último recurso para fregarle la vida a Rafel López Aliaga, un candidato que lamentablemente no sabe escuchar y entender cuando crece y que se ha puesto en un rol francamente incomprensible: ensimismado en sí mismo, el non plus ultra (que dice no ser político y lo repite como si fuera un “valor”).
Los cierres de esta campaña electoral presidencial y congresal han sido, salvo el de Keiko Fujimori, un desastre en el sentido que “no trasmitieron algo más”; Keiko motivó con el mensaje de unidad y fortalecimiento del sector de la derecha que representa, que no debe pelearse con sus cercanos, por más que sean de otras tiendas. En cambio los demás, desde Rafael López Aliaga, Atencio, Sánchez, Pérez Tello, López Chau, Chiabra, Álvarez… son hígado en forma de odio, cólera, iras desbordadas. Fuera de ellos, Belmont habla suave, tranquilo, llega. ¿Y por qué está casi al lado de cada uno ahora? Porque se diferenció de todos, así de simple. Y le tocó ahora la oportunidad no vista por los demás y también, se convirtió en la esperanza de chancar a López Aliaga y quizás a Keiko. Es un producto de la ausencia de productos.
El país va con algo que se encuentra entre la oportunidad de Keiko Fujimori y Fuerza Popular por un lado difícil y con Ricardo Belmont o Carlos Álvarez, con organizaciones de aprovechadores que los pueden usar y entonces, se pondrá más difícil. Ese es el Perú de los cierres de campaña tan tristes del 2026, sin mística, sin arraigo, sin rostros felices cantando su identidad.
Los cierres de campaña han sido inútiles, salvo el de Keiko y el de Belmont. Van a ver lo que va a pasar.

