El nominado de Trump, Kevin Warsh, no promete continuidad: promete cambio de régimen, disciplina monetaria y una Fed menos complaciente con Wall Street y con sus propios errores.
El candidato no aterrizó en Washington para administrar la Reserva Federal los próximos cinco años. Aterrizó para ajustarle cuentas. En su audiencia de confirmación ante el Comité Bancario del Senado, el nominado de Donald Trump dejó una frase que no suena a tecnocracia: “cambio de régimen” en la política monetaria estadounidense. No es un matiz semántico. Es una declaración de guerra contra la manera en que la Fed ha manejado, durante las últimas dos décadas, la inflación, su balance, su comunicación y su relación de poder.
El mensaje de Warsh es brutalmente simple. La inflación, dijo, no es una maldición bíblica ni un accidente meteorológico: es una decisión. Una decisión de la Fed. Con esa frase colocó la responsabilidad donde casi nadie, dentro del “establishment” monetario quiere dejarla: en el banco central que durante años inundó los mercados de liquidez, multiplicó su balance y luego fingió sorpresa cuando el costo de vida se convirtió en castigo diario para millones de hogares.
Warsh argumentó que “los errores de política fatal que se remontan a cuatro o cinco años atrás” causaron un daño económico duradero, señalando que los precios aumentaron entre un 25 y un 35 por ciento tras la COVID-19, lo que indica que la Fed erró el tiro durante 2021 y 2022. Al proponer un nuevo marco para la inflación, Warsh sostuvo que el banco central debe “mantenerse en su carril”, sugiriendo que las comunicaciones actuales de la Fed “agravaron” el problema y que podría ser necesaria una revisión de las proyecciones económicas trimestrales.
Aquí está el corazón político de su argumento. Mientras la Fed hablaba de sofisticados canales de transmisión, la expansión monetaria elevaba primero el precio de los activos financieros. Acciones, bonos, riqueza patrimonial: los primeros beneficiarios fueron los que ya estaban adentro. Warsh lo dijo con claridad al defender el uso de la tasa de interés por encima del balance del banco central: el tipo de interés alcanza a una porción más amplia de la economía; el balance, en cambio, beneficia a quienes poseen activos financieros. Traducción al castellano castizo: la Fed socializó la inflación y privatizó las ganancias.
Warsh también lanzó otra carga contra una de las religiones modernas de la Fed: la sobredosis de comunicación. Durante años el banco central se vendió como una institución cada vez más transparente, más predecible y más pedagógica. El resultado fue un aparato que a ratos parecía gobernar por conferencia de prensa, por filtración y por terapia anticipada a los mercados. Warsh dejó claro que quiere romper con ese ritual. Reportes posteriores a la audiencia señalan que su idea de ‘cambio de régimen’ incluye menos guía futura, menos coreografía verbal y una institución menos esclava de tener que explicar cada gesto antes de ejecutarlo.
Eso asusta a los mercados por una razón obvia: la Fed moderna se acostumbró a mimarlos. Les prometió señales, calendarios, pistas y frases de consuelo. Warsh sugiere que ese tiempo debe terminar. Y aquí aparece la verdadera disputa: no solo cuánto debe subir o bajar una tasa, sino quién manda en una economía deformada por años de dinero barato, balances gigantes y dependencia adictiva de la palabra del banco central.
Por eso su promesa de independencia merece una lectura menos ingenua. Warsh declaró que la independencia monetaria es esencial. Pero en el mismo movimiento dejó claro que esa independencia no puede ser coartada para una institución que se sale de su carril, multiplica funciones, coloniza debates políticos y después exige inmunidad frente al escrutinio. Su versión de la autonomía no es la de un templo intocable. Es la de una institución que debe recuperar legitimidad haciendo menos, hablando menos y fallando menos.
Si bien los senadores demócratas cuestionaron la declaración de activos de Kevin Warsh —que superan los 100 millones de dólares—, argumentando posibles conflictos de intereses. La afirmación de la existencia de un acuerdo para la venta de activos que mantengan conflicto de interés previo a la juramentación elimino el impase. Respecto del momento en que se celebrará la votación ante el pleno del Senado sigue siendo incierto. En respuesta a los comentarios del presidente Donald Trump, Warsh insistió en que “la independencia de la política monetaria es esencial”, aunque reconoció que “los presidentes suelen ser partidarios de recortar las tasas de interés”.
El presidente Trump había expresado su decepción ante la posibilidad de que se retrasara la confirmación de Kevin Warsh, porque es una nueva pieza, que jugará un rol central, Junto con el secretario del tesoro Scott Bessent, el embajador Jamieson Geer y el secretario de comercio Howar Lutnick y el secretario Marco Rubio, en la lucha por un nuevo orden que ajuste desbalances en el libre comercio, una arquitectura financiera y multilateralismo permisivo con economías ilegales. Dado que la Casa Blanca ha emitido el 20 de abril de 2026 una determinación bajo la Defense Production Act sobre equipos críticos de infraestructura de red y capacidad de cadena de suministro, reforzando el compromiso de reindustrialización y seguridad económica.
En palabras sencillas: Warsh no llega solo con un recetario monetario. Llega montado sobre una coalición política que quiere menos globalismo abstracto, desligar lo monetario si llueve o hace calor y del género de quien lleva la moneda en su cartera o billetera. Más poder económico y menos culto al mercado financiero. Más control sobre la producción, energía e infraestructura. Su nominación no anuncia un simple relevo en la cúpula de la Fed. Anuncia un choque frontal entre dos modelos: el banco central como gerente del consenso pos-2008 o el banco central como autoridad disciplinaria, estrecha en mandato y hostil a las herejías distributivas.
La pregunta decisiva no es si Warsh ha formulado una acusación potente. La ha formulado. La pregunta es si puede ejecutar esa cirugía sin provocar sangrado masivo. Además, porque se pondrá a prueba la capacidad de Kevin Warsh de construir el cambio en los hechos. Porque desmontar el régimen de comunicación, frenar el protagonismo del balance y devolverle a la inflación un costo político explícito suena atractivo en el papel. En la práctica implica quitarles a los mercados una droga que llevan años consumiendo. Y ningún adicto a la liquidez agradece al médico que le retira la anestesia.
Además, una cosa ya queLdó clara en Washington: la discusión sobre la Reserva Federal dejó de ser una conversación para economistas de seminario. El viaje de la directora ejecutiva del FMI Kristalina Giorgieva a Londres para asistir a reunión en la London School od Economics (LSE) abordando reconfiguración del sistema económico internacional, así lo confirma.
Termino indicando que extraordinario periodo se abre. Los desarrollos en estudios y modelos en la FED deberán contribuir a que la discusión deje de ser una pelea por el poder pasando a ser una discusión en pro de legitimidad respecto de política fiscal y monetaria apropiada en cuanto a, cambio climático, igualdad, inclusión, diversidad. Así como respecto de los riesgos sistémicos de nuevas tecnologías.
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