La insensatez tiene mucha relación con el fracaso y el deseo a que otros fracasen y ese parece ser el camino que para algunos es lo mejor en un país extraordinario que no se cansa de retroceder y palidecer, cuando tiene otra vez más la oportunidad de seguir adelante, construyendo, edificando, nutriendo y superando sus males, que no son sino sus temores eternos, nacidos en la envidia y el recelo heredado de una historia mal escrita, que solo nos divide porque no nos aceptamos en unidad y en destino común. Esa es la tristeza y el fruto del rencor manifiesto que se hace evidente cuando volvemos a un proceso electoral que se alimenta más de lo mismo de siempre, del odio y de la vanidad, de la soberbia y la escultura que hacemos del resentimiento social, educativo, económico y cultural. Hemos construido el museo de la desdicha, como una página de nuestra vida colectiva.
Y nos preguntamos ¿puede funcionar así un país, en idas y vueltas, en golpes bajos entre hermanos y sin abrazos que construyan un mejor camino para siquiera tener destino? Es el Perú, eso es el Perú y ya no duele, se evapora en el recuerdo de momentos, de instantáneas, de fotos descompuestas y descoloridas. Por eso, no necesitamos que nuestros hijos se vayan físicamente del país, si ya les hemos enseñado a que se vayan en sus mentes de esta tierra que huele a riqueza y se pudre en la pobreza del odio permanente.
No es dinero, no son oportunidades, no es capital y provincias. Es odio sembrado, es ira ascendente y para eso, existen los medios de comunicación, los grupos de presión (decenas de mini cárteles diversos) y la gran apatía que recogemos como válvula de escape a diario, porque “estamos empachados de discursos y de discursetes” que mienten y fabrican más mentiras en su afán de llegar al poder, si no, miren atrás, treinta y seis ángeles de bondad pretendiendo la presidencia y tal vez, sólo uno o dos, son personas de honestidad, pero la mayoría de ellos, treinta y cuatro, demonios y tempestad.
Está en juego nuevamente nuestra débil democracia, nuestra frágil libertad, pero por nuestra apatía y falta de participación, por nuestra dejadez y aburrimiento, por permitir que la estupidez y la ignorancia sigan adelante cuando debían ser enterradas con el voto ciudadano.
Es injustificable que el primer lugar tenga menos de 20%, que el segundo menos de 15% y los demás, bueno, los demás ya son casos absolutamente patéticos en una jornada electoral donde “había que ganar con fuerza”, pero con estos resultados… parecía un campeonato de raspa la olla vacía y no una contienda de ideas y propuestas, de partidos y de candidatos. Todo fue y es una chanfaina y se nos viene la segunda vuelta donde sería imperdonable un triunfo con menos del 40% a pesar de la fragmentación escandalosa que tenemos.
Estamos en un país indiferente, que nada con el viento a favor y las aguas templadas, pero como queriendo que venga la tormenta para estar en forma. Una locura se nos ocurre y la compramos como ritmo de vida, y cansa. Y una elección se nos viene para decidir si seguimos en el manicomio de siempre o sanamos saliendo a la luz.
Tú decides.
Imagen de inspiración: Botero, la belleza de la indiferencia

