Cuando un candidato pierde, ocurre eso, perdió. Y si es por una diferencia mínima, su pérdida es aún mayor a lo que se establece como diferencia, porque cuando no se acepta la realidad, dentro del marco legal que establece un proceso, el rechazo a la verdad envuelve todo, en especial las mentiras, los errores, los elementos de fraude y cada anotación que no se hizo, porque la incompetencia es la base de no tener argumentos. En pocas palabras: para probar algo se deben tener evidencias consistentes y no un discurso populista, se tiene que entregar cada prueba y mostrar y demostrar que se hizo lo correcto en el momento preciso. ¿Lo hicieron así los personeros de Renovación Popular? No, nunca lo hicieron, no actuaron como el protocolo lo establece y así, a las demoras en las instalaciones de mesas de sufragio -por horas que excedían todo marco procesal- no presentaron ni una sola observación, porque no tenían personeros, porque no fueron capacitados para ser personeros, o porque no les interesaba que lo que sucediera les afectase, ya que, en la vanidad y soberbia de su rostro visible, estaban muy por encima del 25% y aseguraban ganar en primera vuelta. Entonces la vanidad se transformó en desequilibrio.
Se les dijo una y otra vez que existían muchas posibilidades de caer en la trampa de la propaganda que la ONPE y sus aliados (encuestadoras afines y medios activistas) habían urdido para que grite en desesperación quien era el objetivo de eliminación de la primera vuelta (López Aliaga), pero no nos creyeron, como siempre pero peor.
López Aliaga compró todos los boletos posibles para ser el enemigo público #1 de los organismos electorales y los medios, para ser el receptor de sus propios dardos de odio y agresividad manifiesta en una campaña donde el mensaje era esperado, no el insulto, no la ofensa, no el señalamiento. Y fue eso en Andahuaylas algo que era una bola de nieve en caída libre: “pechar” a quienes dijo que tenía identificados y los denunciaría (no lo hizo).
Una campaña mediocre, un candidato de mensaje mediocre, que cometió un error garrafal al ocultar a voceros de cercanía ciudadana como Alejandro Muñante, que siempre en su línea mantenía un discurso que alimentaba con argumentos a sus seguidores y les daba respuestas. ¿Cuántos Alejandros Muñantes tuvo López Aliaga? Ni uno solo, porque para él los que le encendían la pradera (Yarrow por ejemplo) tomaron el control de la derrota.
En estos días de más exabruptos, amenazas y locuras verbales, López Aliaga está construyendo una actitud de golpe-escondido donde incentiva gritos tan ignorantes y peligrosos como eso de “golpe cívico-militar”, en que sus ¿alquilados? ¿mercenarios? ¿loquitos cercanos? ¿alfiles de ofensas? ¿podcasteros a cambio de donaciones? hacen coro histérico a sus declaraciones e intentan crear sus propios “antaurismos” y victimismos, pero así no se hace política sino desorden, caos y anarquía.
No es que no quiera entender lo irracional de sus declaraciones el nuevamente candidato perdedor López Aliaga, sino que teniendo verdades que exponer, las sacrifica en nombre de su abultada soberbia y vanidad que puede conducir a situaciones de extrema violencia, que debemos rechazar.
Si Keiko Fujimori vence en la segunda vuelta, habrá una esperanza democrática fuerte. Si lo hace la ultraizquierda otra vez, vendrán tiempos complicados que tienen un gran responsable por su cuota de división y agresividad.

