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La izquierda del odio, o la negatividad de la negación manifiesta

"La política mejorará solo cuando la cultura cambie primero. Hay muchas tareas de rehabilitación: de la Democracia, de la Libertad, de la participación ciudadana en una política que también hay que rehabilitar"

by Ricardo Escudero
11/05/2026
in Coyuntura y contextos
La izquierda del odio, o la negatividad de la negación manifiesta
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Veamos el eco de la dialéctica hegeliana (la negación de la negación), pero aplicada de forma crítica y política a la realidad peruana, describiendo la actitud “activista y militante” de la izquierda extremista -esa denominada izquierda del odio- que se define más por lo que rechaza que por lo que construye o aporta al debate que se requiere conocer a nivel nacional. Es, para decirlo en síntesis, una negatividad que no avanza hacia una síntesis o afirmación, sino que se queda en la pura oposición, muchas veces manifiesta y repetitiva, agresiva y violenta.

¿Le cae bien a ciertas izquierdas peruanas?

En varios contextos latinoamericanos (no solo el Perú), es observable un patrón donde sectores de la izquierda:

  • Se especializan en la denuncia de lo que sea, por lo que sea y como sea, así como en la deslegitimación y desacreditación del orden existencial, sin definir qué es lo que genera esa condena y denuncia carente de fundamentos contra las instituciones, empresa privada, la propia historia, meritocracia, familia y cuerpos intermedios de la sociedad.
  • Siempre tienen dificultades o mejor dicho, no pueden articular propuestas y soluciones concretas, plurales y viables que convoquen más allá de su base de prédica, ni siquiera de sus partidarios les sirven de eje impulsor porque existe una discriminación dirigentes – militantes, donde los dirigentes asumen el rol de rostros y voceros, candidatos o autoridades puestas en el gobierno y los militantes, siguen en el espacio de serviles al mando político (cuadros de servicio, no de pensamiento, no de representación).
  • Caen en un ciclo permanente de “anti-” (anti-neoliberalismo, anti-fujimorismo, anti-imperialismo, etc.) sin que el “pro-” equivalente sea igual de claro o realizable. Es el odio el que impulsa una agenda y un guion auto impuesto para reflejar sus carencias y sumirse en la pelea reactiva que no se escapa del “anti”.

Pero seamos prudentes y equilibrados en las afirmaciones: lamentablemente, esto no es exclusivo de la izquierda. También hay derechas puramente reactivas o “nostálgicas” que niegan realidades sociales sin ofrecer soluciones integradoras porque apuntan al mercantilismo. Vayamos estrictamente al caso peruano reciente, donde sí se ha visto una izquierda llena de odio y resentimiento que prioriza la narrativa victimista y la confrontación identitaria por encima de las evidencias y de resultados pragmáticos en educación, seguridad, formalización económica o infraestructura. Cuando gobiernan las izquierdas ideologizadas o influyen fuertemente en gobiernos que les dan espacios de responsabilidad estatal (puestos públicos), el contraste entre el discurso maximalista y los resultados concretos genera frustración latente y allí viene la reacción agresiva, muy violenta y populista para confundir a los ciudadanos, mostrando izquierdas que jamás harían lo que proponen ante cámaras (respeto a la democracia, respeto a la inversión y propiedad privada, respeto a las libertades y derechos humanos fundamentales) sino que “se guardan” las acciones represivas y compulsivas para cuando estén en el poder (asamblea constituyente, auto golpe de Estado, persecución a la oposición política partidaria, gremial / empresarial, religiosa, estudiantil, obrera, campesina, magisterial y vecinal).

Dicho esto, no toda la izquierda peruana cae en la “negatividad de la negación manifiesta” pero existe un amplio abanico multicolor de ellas que no solo están dentro de la negatividad de la negación manifiesta, sino que la impulsan desde afuera, para introducirse “cuando las condiciones estén dadas”, como cuando sustentan que la guerra popular ya no es de estos tiempos, pero alientan la formación de las hordas y cuadros subversivos en un “renacer revolucionario de la lucha armada en nuevas condiciones”.

El problema aparece cuando predomina el ala más ideologizada que ve cualquier objetivo, institución o éxito del “sistema” como sospechoso por definición y ahora, en el control político del discurso, la acción y los rostros de las izquierdas del odio, se ponen bajo las manos sangrientes del ala más radical y violenta (Antauro, PC Patria Roja, Movadef, Conare y sectores castillistas extremistas del PC Perú libre). Esa es la realidad de la izquierda y de su prédica de odio en campaña, más fuerte que en sus formaciones de militantes y cuadros de acción política.

Una mirada más amplia para el debate político, cuando el diálogo está ausente

Toda política saludable necesita negación comunicada (criticar lo que no funciona) y afirmación explicada (proponer alternativas creíbles). Cuando una o varias fuerzas políticas se quedan atrapadas en la primera, se tiende a:

  • Polarizar todo, más que permitir encuentros y tal vez, unidad para la acción.
  • Desmovilizar a la gente sensata -voces referentes- que quieren construir.
  • Generar vacío que otros (populistas y extremistas de cualquier signo) llenan con promesas fáciles y discursos de ajuste (conmigo o en mi contra).

El Perú tiene muchos desafíos estructurales permanentes (enorme desigualdad, explosiva informalidad, violencia imparable y más agresiva cada día, debilidad y desprestigio institucional, descrédito el uno al otro).

Las soluciones suelen ser híbridas: + mercado + inversión en capital humano + seguridad + reglas claras y menos desborde del Estado. Las posturas que todo lo niegan sin proponer cómo construir eso suelen ser más cómodas retóricamente, pero estériles en la práctica, aunque son las que llegan más fácil al gobierno nacional, regional, provincial y distrital, de donde nacen nuevas formas de vileza y violencia política (el círculo vicioso se multiplica en mini círculos viciosos donde imperan nuevos caudillos que se legitiman en alianzas con mini cárteles).

Mi lectura es que hoy vemos algo más profundo y podrido: una des-sociedad de la indiferencia, que es captada por las izquierdas con mucha facilidad militante, que genera un activismo agresivo cuyas bases son el odio, la ira y el resentimiento social. En contraposición peligrosa, hay derechas inconscientes de su rol y asumen posiciones como de venganza y respuesta de similar odio, que no entienden la necesidad de demostrar que esos odios y la violencia se juzgan por su procedencia, cayendo, al igual que las izquierdas del odio, en el rechazo popular.

Fragmentación social, una evidencia de la ruptura de la sociedad

El individualismo radical (potenciado por las redes sociales, algoritmos y la denominada economía de la atención) ha erosionado los lazos intermedios: familia, pareja estable, herencia de valores y virtudes, comunidad real. Ya no hay “sociedad civil” en el sentido de un tejido compartido con sentido de pertenencia y responsabilidad mutua, sino tribus digitales (a menudo agresivas y extremistas en su discurso o posición) e islas de gentes que intentan preservar humanidad, mejor trato entre personas iguales, derechos fundamentales, principios, reciprocidad para construir oportunidades en Libertad. Frente a ello, ha nacido la indiferencia que no es pasividad neutral; muchas veces es cinismo disfrazado o agotamiento emocional que lleva a “cada uno en su carril, a cada uno hacia su fin”.

Política y odio ¿esa es la tendencia a elegir?

En ese terreno fértil, la política se llena de combustible de odio (tanto en ciertas izquierdas como en ciertas derechas).

  • La izquierda activista cae fácilmente en la “negatividad de la negación manifiesta”: denuncia permanente, deconstrucción de todo (familia, nación, mérito, historia, biología), pero muy poca afirmación constructiva y plural. El “odio al sistema y al otro que no es militante” reemplaza la solidaridad real.
  • La derecha reactiva hace algo paralelo: niega problemas reales (desigualdad, cambios culturales profundos) y responde con nostalgia mal expresada o confrontación tribal.

Ambos extremos se retroalimentan y generan más indiferencia en el centro: la gente común se cansa y se retira a su isla privada a ser indiferentes “porque es lo mejor”, no contagia ni contamina y el país, pues “no importa”.

Perspectiva más amplia

Vamos en estos tiempos… “mal, como siempre, pero peor”: porque las tecnologías y la hiperconectividad han acelerado la fragmentación de una forma inédita.

¿Qué hacer? La política mejorará solo cuando la cultura cambie primero. Hay muchas tareas de rehabilitación: de la Democracia, de la Libertad, de la participación ciudadana en una política que también hay que rehabilitar. El problema es que no tenemos lideres, ni referentes, solo un pelotón de seguidores de la moda y del discurso populista de cualquier ignorante que ocupa el lugar de los ciudadanos y no nos damos cuenta que el poder está en nosotros, para rehabilitarnos como electores, elegidos y dueños de nuestro camino.

Tags: derecha del odioizquierda del odionegatividad de la negación manifiestaRicardo Escudero
Ricardo Escudero

Ricardo Escudero

Columnista de opinión política, análisis social y previsional. Autor de "La rebelión de la clase media: dónde están las clases medias"; "Desborde del Estado y crisis popular": "La izquierda del odio: un Perú resentido" y en pronta publicación la novela "Una cita en La Fábrica". Fellow, Thomas Jefferson Foundation, becario Konrad Adenauer Stiftung, Friedrich Ebert Foundation. Ricardo es director de la Fundación Minuto Digital y del Instituto del Ahorro www.institutodelahorro.com

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