Se ha iniciado un debate internacional que comienza a ponerse fuerte en varias latitudes: proscribir al partido comunista, ilegalizar el marxismo leninismo, el socialismo extremista o como se llame en cada país, donde va variando su marca política o marca comercial electoral para “capturar el poder usando los mecanismos legales, con la finalidad de destruir esa legalidad, para legitimar el camino al comunismo”; destruir para construir, esa es la obsesión política y para lograr ese objetivo, validan cualquier acción violenta.
En lo particular a mí no me parece adecuado proscribir; creo, considero que toda discusión o lucha política debe ser uno a uno, argumento versus argumento, doctrina racional versus ideología totalitaria, verdades y evidencias versus demagogia y populismo. Si se elimina, proscribe o ilegaliza al comunismo y sus variantes o sinónimos que van cambiando en los electorales (marxismo leninismo, maoísmo, socialismo de nuevo tipo) le damos espacio al terror del otro lado, como puede darse con el nazismo o el neofascismo, que ya se siente en algunas naciones de forma escondida y encumbrado en posiciones agresivas, casi una cara del mismo rostro del comunismo.
No se trata de tolerancias absurdas, eso jamás. Se trata de Libertad, de Democracia y de represión justificada, no de proscripción. Represión en el marco del Estado de Derecho, que no es tolerancia represiva (Marcuse no).
El comunismo histórico (marxismo-leninismo real, no el ideal teórico) tiene un récord catastrófico en libertades, economía y vidas humanas, comparable y hasta superior en la escala de daño y maldades al nazismo (aunque distinto en motivación: clase vs. raza). Los países que lo vivieron en carne propia tienen razones legítimas para rechazarlo con fuerza, especialmente cuando se ven símbolos y partidos que lo glorifican sin arrepentimiento y sin mostrarse distintos en las decisiones a tomar y en las acciones deshumanizantes que siguen impulsando en razón de la sinrazón. Equipararlo legalmente al nazismo en Europa del Este es coherente con su experiencia.
Sin embargo, prohibir ideas o partidos en democracias consolidadas es riesgoso. La mejor defensa siempre es una sociedad abierta, promover y construir una educación honesta sobre la historia (sin romantizar gulags ni hambrunas), edificar instituciones fuertes y lograr resultados sociales y económicos que demuestren superioridad del pensamiento liberal y conservador (e inclusive socialdemócrata) porque el comunismo ha asumido variantes peligrosas, maquilladas (opciones supuestamente culturales, “progresistas”, eco-socialismo) que son más difíciles de prohibir técnica o legalmente y que pueden por contradicción, ser favorecidas por un victimismo ocasional.
En América Latina, donde hay experiencia reciente con “socialismos del siglo XXI” y sus problemas (hiperinflación, represión indiscriminada, torturas, desapariciones forzosas, éxodos), el debate es comprensible, pero la solución ideal es competencia democrática real + memoria histórica rigurosa y no solo leyes punitivas porque no son efectivas y repetimos, exacerban un victimismo que genera adhesión en actos, sin conocer la ideología criminal que enarbola el comunismo.
Les voy a citar un texto de La Paradoja de la Tolerancia de Karl Popper, para entender al ámbito del problema:
“Menos conocida es la paradoja de la tolerancia: La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia”
Como Popper, nosotros no proponemos una censura generalizada porque es riesgosa, puede sobrepasar los límites de la Libertad y eso no es prudente ni correcto. Aplicar esta paradoja requiere evidencia de amenaza concreta, no solo doctrina teórica. El debate argumento vs. argumento funciona mejor mientras el sistema aguante; cuando un movimiento se organiza para derrocarlo (vía violencia o “marcha por las instituciones”), la tolerancia ilimitada se vuelve suicida. La mejor sociedad es aquella que maximiza el debate racional, educa en historia real (éxitos y horrores de ideologías extremas) y tiene instituciones fuertes que no necesiten prohibir con frecuencia. La paradoja recuerda que la libertad no es gratis y que la ingenuidad puede destruirla.
En Chile, el excandidato presidencial Johannes Kaiser ha lanzado la advertencia de la prohibición, ilegalización o proscripción del comunismo como eso, advertencia, y es un error en principio porque debió ser una propuesta estructurada para todos (la violencia política, los delitos políticos, escalamiento subversivo, imposición dictatorial comunista o quizás fascista de nueva moda, quizás también, que es otro peligro latente).
Es difícil no estar a favor de proscribir los daños políticos de las ideologías de odio, como el comunismo y por eso mismo, escribo sobre las izquierdas del odio, pero quizás deba ser más específico: el marxismo del odio, el comunismo del odio, ya que hay izquierdas que pueden ser alternativas populares de gobierno racional, así como hay derechas populares que se convierten en solución urgente a la desigualdad y falta de oportunidades.
Hay que debatir, pero si nos ponen censuras al debate, como en el comunismo, hay que proscribir la censura.
