Cuando la temperatura de un motor supera los 100 grados centígrados, este se recalienta. Entran en juego factores como la falta de líquido refrigerante, fugas en el sistema o un ventilador averiado. Como ese motor viejo funciona la democracia en Latinoamérica, donde los problemas no han dejado de ser los mismos: corrupción, inseguridad y desigualdades.
A las puertas de las elecciones presidenciales del 31 de mayo en Colombia, la contienda electoral se definirá entre tres candidatos: Paloma Valencia, representante del uribismo, Iván Cepeda, candidato del oficialismo, y Abelardo de La Espriella, el outsider que gana terreno en las encuestas y que, probablemente, será el rival de Cepeda en la segunda vuelta, prevista para el 21 de junio.
La contienda final deja a la vista dos escenarios: Paloma Valencia contra Iván Cepeda o Iván Cepeda contra Abelardo de La Espriella. En cualquier escenario, la historia se repite como ha ocurrido en las otras elecciones presidenciales del continente: la derecha contra la izquierda. Un resultado de la polarización, que reproduce la cíclica oscilación entre periodos gobernados por uno de los dos perfiles ideológicos.
Como telón de fondo, los rigores de siempre para las clases desfavorecidas y la clase media. Impuestos, inseguridad y dificultad para acceder a la salud, a la pensión y a la educación de calidad.
La figura del outsider
La figura del outsider en Latinoamérica no es nueva, se recicla. La vimos con el expresidente colombiano Álvaro Uribe, que llegó desde el anonimato a la Casa de Nariño y se volvió institucional. Su lema fue la mano dura, después de los intentos fallidos de su predecesor, Andrés Pastrana, por negociar la paz a través del diálogo del Caguán.
Javier Milei, en Argentina, dejó la vida mediática para ganarse la confianza de un país cansado del kirchnerismo, mientras Pedro Castillo, profesor peruano y líder sindical, saltó al poder con la consigna “no más pobres en un país rico”.
El caso de Abelardo de la Espriella, apodado “el tigre” y cuyo lema es “firme por la patria”, responde a las mismas necesidades de una población cansada, como ese carro (automóvil) viejo con el motor recalentado. El candidato de la derecha ofrece manejar el país con rigor, bajo sus propias leyes. Ese planteamiento resulta atractivo porque la gente no lo vincula con el actual desgaste institucional y genera emociones.
Además, De La Espriella ha tomado el discurso de la seguridad como caballo de batalla, tal como han hecho José Antonio Kast, en Chile, y Nayib Bukele, en El Salvador. Este aspecto es clave para la gente, porque sin seguridad no hay crecimiento, no hay inversión y no hay desarrollo.
Colombia vive hoy una oleada de movimientos insurgentes que dominan gran parte del territorio y muchos ven en De la Espriella la solución. Sin embargo, hay que tener en cuenta que no todos los problemas de seguridad se pueden abordar con mano dura.
Su programa de gobierno no cuenta con propuestas rigurosas sobre aspectos que preocupan, como la crisis de la salud, las pensiones y la educación.
Lo cierto es que, ante el aumento de inseguridad y la percepción de permisividad, los sectores de derecha se fortalecen. En cambio, cuando fenómenos como la migración y las tensiones sociales se vuelven menos evidentes y más latentes, la batuta la empuñan los discursos asociados a la izquierda.
Antisistema, pero con estrategia
En medio de ese escenario aparece una paradoja: Abelardo de la Espriella se presenta como abogado, empresario, escritor y outsider. Incluso evita identificarse como político tradicional. Sin embargo, detrás de su narrativa antisistema hay una estrategia profundamente política, que interpreta el descontento social y capitaliza las mismas tensiones que hoy están redefiniendo el ascenso de las nuevas derechas en la región.
De quedar vencedor en la contienda, tendrá que seguir luchando por gobernar, porque está comprobado que es difícil hacerlo sin partidos y sin aparato político. Cuando se carece de ello, las promesas de campaña no trascienden ni se vuelven hechos. Algo de eso le está ocurriendo a Javier Milei, cuya imagen ha dejado de ser favorable ante la opinión pública y actualmente registra un 60 % de desaprobación.
Desgaste de la democracia
La política es el muy noble arte de trabajar para el otro. Pero la mayor parte de la clase política en el mundo y en Colombia está bajo sospecha de haberse servido de ella. Esto provoca un desgaste en la percepción de legitimidad y despierta un sinsabor en el pueblo, que termina por preferir un modelo autoritario. El voto cada cuatro o cinco años no garantiza la democracia. Esta implica participación y solución de consenso a todos los problemas que enfrentan las sociedades con carencias en su desarrollo.
A pesar de todo, suele decirse que la democracia representa la forma menos mala de elegir gobierno, aunque no necesariamente sea un sistema ideal, ya que no existe una forma perfecta de organización política.
La visión crítica está respaldada por datos, como revela la investigación basada en encuestas que lleva por título: ¿Prodemocráticos, pero no antiautoritarios? Entendiendo las actitudes ambivalentes hacia los regímenes.
El estudio señala que 44 % de los participantes adopta posiciones ambivalentes. Es decir, considera que la democracia es un buen sistema y que un “líder fuerte que no tenga que preocuparse por el parlamento ni las elecciones” resulta igualmente positivo. Ese porcentaje es ligeramente superior al de quienes apoyan la democracia, pero rechazan la autocracia (42 %).
Para traerlo al terreno colombiano, recientemente once universidades de Colombia y algunas organizaciones privadas se unieron para medir el termómetro electoral. A través de la encuesta Cuidar la democracia, pudieron determinar que seis de cada diez colombianos consideran que la democracia en el país se está debilitando. La buena noticia es que se mantiene la esperanza. Un 92 % de los colombianos confía en que votar genera cambios reales, mientras un 72 % tiene la firme intención de acudir a las urnas.
¿Qué puede pasar el domingo?
Existen pocas certezas sobre lo que puede suceder en las elecciones colombianas, que viven el próximo domingo su primera vuelta.
Se estima que la votación será masiva. Un total de 41 287 084 colombianos están habilitados para ejercer su derecho y solo tras el recuento habrán indicios sobre para qué lado se mueve el péndulo. Es decir, si continúa basculado a la izquierda o se traslada a la derecha.
La disyuntiva, para muchos, está entre la igualdad y libertad. Cuando hay mucha libertad surge la desigualdad económica porque el mercado es cruel. Por el contrario, cuando hay mucha igualdad se tiene menos libertad. En ambos escenarios persiste la lección histórica que es difícil ignorar: todas las revoluciones que prometían liberar al hombre lo terminaron esclavizando.
Nota de Redacción: el presente artículo se publicó originalmente en www.theconversation.com bajo la autoría de Docente de Relaciones Internacionales, Universidad de La Sabana, Colombia.
Imagen referencial, campaña de Abelardo de la Espriella

