Las virtudes, los principios y los valores se han esfumado, se van diluyendo en un país que pierde su sentido de pertenencia para adoptar, gracias a esa enorme indiferencia que hemos generado con orgullo, una sociedad en la que la mediocridad es la fuente permanente de ilustración. Vamos como venimos, destruyendo el futuro que aún no pasamos porque somos incompetentes para tener un presente, una realidad imbatible, irreprochable, indesmayablemente erguida hacia el destino que nos proponemos que es lo mejor para todos y por supuesto, ese “todos” que sea para nosotros.
No nos damos cuenta o peor, lo sabemos, pero no nos consolamos en la desgracia que provocamos, sino que la apetecemos y la deseamos hacia los demás… ¡que se jodan pues! ¿Y poque ese odio de la soberbia y la vanidad? Porque somos muy egoístas, no nos sentimos ni siquiera parte de nuestro bostezo porque nos adormece la hora de ingreso al trabajo, al estudio, a la lucha que pocos encarnan y menos pocos entienden. Lucha, no del bolsillo ajeno o del que financia su espejo siniestro, sino de la sociedad que no debe de morirse en silencio.
En esta incomprensible segunda vuelta presidencial, no podemos ser tan indiferentes y centrarnos egoístamente en nuestro pequeño mundo del que se jodan otros, porque estamos dando rienda suelta a nuestras desgracias y a los piratas de la Libertad. No se trata de votar tapándose la nariz o cerrando las piernas, se trata del país que en su conjunto va a quedar en manos de los más miserables, esa es la realidad y cuando el nivel delictivo es el peor que se puede uno imaginar -en términos políticos-, no estamos viendo la inmensa y terrible oscuridad dentro del bosque, sino que contemplamos el cielo, las nubes si es que se ven, el horizonte que creemos observar.
Contradecimos la realidad porque no creemos que lo que sucedió vuelva a pasar y sea peor. Sin embargo, se nos viene y con fuerza la posibilidad de tener en el gobierno a la suma perniciosa de los que proclaman una sociedad donde la democracia sea “una cosa distinta” y no un sistema perfectible, que sea una imposición de otro modelo de sujeción alternativo a la dictadura del proletariado, como en Nicaragua, Cuba o Venezuela o quizás mezclando a los tres territorios donde la Bandera es otra, el himno es otro y el patriotismo es parte del discurso de guerra a los que honran a su nación.
Si vence en esta segunda vuelta la extrema izquierda, recordaremos a los culpables que miran de costado, a los que se tapan la nariz, a los que vencidos en la primera, se volvieron más extremistas contra una candidata, pero sobre todo contra el Perú. Y si vencemos los que creemos en una mejor democracia y en la defensa irrestricta de la Libertad, estaremos alertas frente a dos flancos peligrosos: el de los cobardes que no tomaron posición y el de la izquierda del odio que llevará a efecto su etapa de violencia interna permanente, para tratar de hacer caer al nuevo gobierno.
Lo que corre en paralelo a la segunda vuelta presidencial, es de temer, tiene muchas aristas de odio y dinero en grandes cantidades, abastecido por una diversidad de cárteles que quieren desmontar la débil democracia que muy pocos quieren rehabilitar.
Advertidos estamos.
