En el Perú tenemos un Estado que se extralimita en regulaciones, imponiendo normas que restringen nuestras libertades y que además pasan a dejar al Estado como un aparato diseñado para no cumplir con sus funciones esenciales (seguridad, educación, salud, apoyo al ciudadano en iniciativas y emprendimientos, participación y representación en decisiones locales y nacionales); esta enfermedad política del Desborde del Estado genera una disfunción permanente que lleva a fragmentaciones diversas y enfrentamientos históricos.
Si bien este fenómeno tiene raíces en teorías clásicas como las de Hobbes, Locke o Rousseau, quienes debatían el contrato social, en el Perú se desarrollan de forma más irracional, desconociendo el sentido de la frase “el Estado existe para servir a los ciudadanos, no para oprimirlos”.
Por eso, cuando el Estado desbordante se “mete en todo” sin atender lo básico, se produce el rompimiento de ese pacto implícito y nos sumergimos en el remolino del retroceso permanente, buscando “un nuevo pacto” o lo que comúnmente se conoce como una nueva Constitución. Y así, en el Perú tenemos a lo largo del tiempo tantos pactos como fracasos sociales.
Por ejemplo, en muchos países el exceso de burocracia y de regulaciones (muchas veces contradictorias) sofoca la iniciativa individual y empresarial. Según datos del Banco Mundial, en algunos países de América Latina, abrir un negocio puede requerir hasta cien días de trámites y muchos otros tantos días para cumplir con decenas de regulaciones que afectan la idea, la inversión convertida en gasto, la ilusión desmotivada. Esto no solo frustra a los emprendedores, sino que desvía el foco del esfuerzo para reconvertir ideas en formas de supervivencia: el ciudadano debe enfrentarse al Estado, esquivándolo, viendo formas que le eviten ir por el camino “legal”, con lo cual las válvulas son la creciente informalidad y/o la imparable ilegalidad organizada en cárteles.
La “crisis popular” -mala respuesta de indiferencia, desazón, mirar de costado, no preocuparse por los otros y no proponerse soluciones o participación- es un fenómeno que los sociólogos llaman equivocadamente “anomia” o “alienación política”. La gente se desconecta de sus deberes y derechos ciudadanos cuando siente convicción de que sus acciones no pueden mejorar o cambiar el sistema. Esto puede explicarse por varias razones:
Desconfianza institucional: En América Latina, la confianza en los gobiernos y parlamentos está en mínimos históricos. Si los ciudadanos ven al Estado como corrupto o ineficaz, optan por la apatía en lugar de la acción, dejando que más corruptos tomen el poder y lo compartan entre ellos (invitación a puertas giratorias).
Falta de cohesión social: Las revoluciones siempre requieren organización, liderazgo y un sentido compartido de propósito. Hoy, la fragmentación social (potenciada por las redes sociales y la polarización) dificulta la acción colectiva. En lugar de revoluciones, vemos protestas esporádicas que no logran cambios estructurales y se llaman “estallidos sociales” que no rinden cuentas, que no se esgrimen como ideas o propuestas sino con rechazos. Las calles se incendian, se destruyen locales públicos y privados, el Policía es el objetivo de hacerle daño y los medios activistas alientan esa nueva guerrilla de irracionalidad extendida. El aplauso es a la muerte, no a la vida.
Adaptación al statu quo: Como decía Hannah Arendt, la burocracia puede generar una “banalidad” en la que los ciudadanos aceptan el control estatal porque parece inevitable. Esto lleva a lo que describimos como “mirar de costado” y por ello es común “estar en otra nota” en un país ajeno a los demás, un país deconstruido.
Nos preguntamos: ¿Por qué la gente está tan cansada y no hace esfuerzos de lucha?
Es evidente el cansancio social: La constante exposición a más crisis (económicas, climáticas, políticas, sociales, institucionales, hasta deportivas) genera frecuente fatiga acumulativa secuencial. La gente prefiere sobrevivir en lo individual, antes que arriesgarse a participar por un cambio colectivo incierto, porque no hay liderazgos, no se identifican dirigentes, carecemos de referentes de ejemplo, sensatez y tenacidad. Los cobardes tienen el control.
Alternativas al cambio: En lugar de revoluciones, observamos violentos “estallidos sociales con odio” y “válvulas de escape masivas incorrectas” como la migración -sí, la migración muy mal catalogada-, porque no es migración para superación, sino huida por miedo a la situación nacional que se padece (millones de latinoamericanos han emigrado por frustración y no saber dar la pelea a sus gobiernos dictatoriales, regalando su patria al comunismo encubierto en nuevos nombres políticos que criminalizan la disidencia y la indiferencia: te haces movilizable para el gobierno o no comes, no tienes hospital, no van tus hijos a la universidad). El veneno del asistencialismo lleva a la eterna beneficencia improductiva y esclavizante.
Frente a este panorama, hay varias posturas posibles:
Fortalecer la participación ciudadana: la presión popular puede forzar cambios, aunque parciales. Herramientas como nuevas plataformas digitales podrían canalizar mejor estas demandas, pero, volvemos a lo mismo: ¿líderes, dirigentes, referentes? ¿Dónde están, quiénes son, eres tú? ese es el punto clave para seguir ideas y propuestas o para uno encarnarlas y profundizarlas en el mensaje a los que se van uniendo por la rehabilitación de la política.
Reducir el tamaño del Estado: abogar por un Estado mínimo que fumigue burocracia y que se enfoque solo en lo esencial (seguridad, justicia, educación y salud) y deje más espacio a la iniciativa privada y comunitaria.
Reformar desde dentro: presionar por acciones inmediatas y de mediano plazo, no por “reformas eternas”, eso ha fallado demasiado. Hay que hacer al Estado eficiente y menos intrusivo. Esto requiere instituciones sólidas, transparentes y líderes, que prioricen el bien común. Dejar de lado “más” y “menos” junto al objetivo: eficientes (más, por supuesto), honestos (más) y llevar a la fase cero corrupciones, cero impunidades.
Nuevas formas de resistencia: Quizás las revoluciones modernas no sean con barricadas, cartas a mano con la proclama de lucha, sino con imaginación y creatividad, que desafíen el control estatal y la ignorancia del callado que se aleja de la responsabilidad inmediata. Generar luchadores del pensamiento, la palabra, la acción. Eso “es” lo que hay que sembrar, cuidar, cultivar y cosechar.
Reflexión final
Un Estado que se extralimita sin cumplir sus deberes y responsabilidades genera frustración y alienación. La falta de revoluciones como unidad por valores y principios no implica que la gente esté conforme, sino que el sistema ha logrado desactivar o redirigir el descontento. La pregunta clave es si esta apatía es permanente o si, como en otros momentos históricos, un evento catalizador desde las redes sociales (crisis económica, escándalo) podrían despertar una respuesta colectiva para ser conducida a objetivos nacionales de unidad y compromiso.
Creo firmemente que esta “crisis popular” puede transformarse en algo activo; creo que el desborde del Estado no va a seguir condenándonos a la indiferencia, porque creo en el Perú y sus posibilidades.
