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Los cobardes tienen el control cuando el Estado desbordante se “mete en todo” sin atender lo básico

"Presionar por acciones inmediatas, no por “reformas eternas”, eso ha fallado demasiado. Hay que hacer al Estado eficiente y menos intrusivo. Esto requiere instituciones sólidas, transparentes y líderes, que prioricen el bien común"

by Ricardo Escudero
02/07/2026
in Opinión Editorial
Contraposición entre “Desborde Popular y Crisis del Estado” y “Desborde del Estado y Crisis Popular” como un proceso inverso que lleva a la indiferencia ciudadana
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En el Perú tenemos un Estado que se extralimita en regulaciones, imponiendo normas que restringen nuestras libertades y que además pasan a dejar al Estado como un aparato diseñado para no cumplir con sus funciones esenciales (seguridad, educación, salud, apoyo al ciudadano en iniciativas y emprendimientos, participación y representación en decisiones locales y nacionales); esta enfermedad política del Desborde del Estado genera una disfunción permanente que lleva a fragmentaciones diversas y enfrentamientos históricos.

Si bien este fenómeno tiene raíces en teorías clásicas como las de Hobbes, Locke o Rousseau, quienes debatían el contrato social, en el Perú se desarrollan de forma más irracional, desconociendo el sentido de la frase “el Estado existe para servir a los ciudadanos, no para oprimirlos”.

Por eso, cuando el Estado desbordante se “mete en todo” sin atender lo básico, se produce el rompimiento de ese pacto implícito y nos sumergimos en el remolino del retroceso permanente, buscando “un nuevo pacto” o lo que comúnmente se conoce como una nueva Constitución. Y así, en el Perú tenemos a lo largo del tiempo tantos pactos como fracasos sociales.

Por ejemplo, en muchos países el exceso de burocracia y de regulaciones (muchas veces contradictorias) sofoca la iniciativa individual y empresarial. Según datos del Banco Mundial, en algunos países de América Latina, abrir un negocio puede requerir hasta cien días de trámites y muchos otros tantos días para cumplir con decenas de regulaciones que afectan la idea, la inversión convertida en gasto, la ilusión desmotivada. Esto no solo frustra a los emprendedores, sino que desvía el foco del esfuerzo para reconvertir ideas en formas de supervivencia: el ciudadano debe enfrentarse al Estado, esquivándolo, viendo formas que le eviten ir por el camino “legal”, con lo cual las válvulas son la creciente informalidad y/o la imparable ilegalidad organizada en cárteles.

La “crisis popular” -mala respuesta de indiferencia, desazón, mirar de costado, no preocuparse por los otros y no proponerse soluciones o participación- es un fenómeno que los sociólogos llaman equivocadamente “anomia” o “alienación política”. La gente se desconecta de sus deberes y derechos ciudadanos cuando siente convicción de que sus acciones no pueden mejorar o cambiar el sistema. Esto puede explicarse por varias razones:

Desconfianza institucional: En América Latina, la confianza en los gobiernos y parlamentos está en mínimos históricos. Si los ciudadanos ven al Estado como corrupto o ineficaz, optan por la apatía en lugar de la acción, dejando que más corruptos tomen el poder y lo compartan entre ellos (invitación a puertas giratorias).

Falta de cohesión social: Las revoluciones siempre requieren organización, liderazgo y un sentido compartido de propósito. Hoy, la fragmentación social (potenciada por las redes sociales y la polarización) dificulta la acción colectiva. En lugar de revoluciones, vemos protestas esporádicas que no logran cambios estructurales y se llaman “estallidos sociales” que no rinden cuentas, que no se esgrimen como ideas o propuestas sino con rechazos. Las calles se incendian, se destruyen locales públicos y privados, el Policía es el objetivo de hacerle daño y los medios activistas alientan esa nueva guerrilla de irracionalidad extendida. El aplauso es a la muerte, no a la vida.

Adaptación al statu quo: Como decía Hannah Arendt, la burocracia puede generar una “banalidad” en la que los ciudadanos aceptan el control estatal porque parece inevitable. Esto lleva a lo que describimos como “mirar de costado” y por ello es común “estar en otra nota” en un país ajeno a los demás, un país deconstruido.

Nos preguntamos: ¿Por qué la gente está tan cansada y no hace esfuerzos de lucha?

Es evidente el cansancio social: La constante exposición a más crisis (económicas, climáticas, políticas, sociales, institucionales, hasta deportivas) genera frecuente fatiga acumulativa secuencial. La gente prefiere sobrevivir en lo individual, antes que arriesgarse a participar por un cambio colectivo incierto, porque no hay liderazgos, no se identifican dirigentes, carecemos de referentes de ejemplo, sensatez y tenacidad. Los cobardes tienen el control.

Alternativas al cambio: En lugar de revoluciones, observamos violentos “estallidos sociales con odio” y “válvulas de escape masivas incorrectas” como la migración -sí, la migración muy mal catalogada-, porque no es migración para superación, sino huida por miedo a la situación nacional que se padece (millones de latinoamericanos han emigrado por frustración y no saber dar la pelea a sus gobiernos dictatoriales, regalando su patria al comunismo encubierto en nuevos nombres políticos que criminalizan la disidencia y la indiferencia: te haces movilizable para el gobierno o no comes, no tienes hospital, no van tus hijos a la universidad). El veneno del asistencialismo lleva a la eterna beneficencia improductiva y esclavizante.

Frente a este panorama, hay varias posturas posibles:

Fortalecer la participación ciudadana: la presión popular puede forzar cambios, aunque parciales. Herramientas como nuevas plataformas digitales podrían canalizar mejor estas demandas, pero, volvemos a lo mismo: ¿líderes, dirigentes, referentes? ¿Dónde están, quiénes son, eres tú? ese es el punto clave para seguir ideas y propuestas o para uno encarnarlas y profundizarlas en el mensaje a los que se van uniendo por la rehabilitación de la política.

Reducir el tamaño del Estado: abogar por un Estado mínimo que fumigue burocracia y que se enfoque solo en lo esencial (seguridad, justicia, educación y salud) y deje más espacio a la iniciativa privada y comunitaria.

Reformar desde dentro: presionar por acciones inmediatas y de mediano plazo, no por “reformas eternas”, eso ha fallado demasiado. Hay que hacer al Estado eficiente y menos intrusivo. Esto requiere instituciones sólidas, transparentes y líderes, que prioricen el bien común. Dejar de lado “más” y “menos” junto al objetivo: eficientes (más, por supuesto), honestos (más) y llevar a la fase cero corrupciones, cero impunidades.

Nuevas formas de resistencia: Quizás las revoluciones modernas no sean con barricadas, cartas a mano con la proclama de lucha, sino con imaginación y creatividad, que desafíen el control estatal y la ignorancia del callado que se aleja de la responsabilidad inmediata. Generar luchadores del pensamiento, la palabra, la acción. Eso “es” lo que hay que sembrar, cuidar, cultivar y cosechar.

Reflexión final

Un Estado que se extralimita sin cumplir sus deberes y responsabilidades genera frustración y alienación. La falta de revoluciones como unidad por valores y principios no implica que la gente esté conforme, sino que el sistema ha logrado desactivar o redirigir el descontento. La pregunta clave es si esta apatía es permanente o si, como en otros momentos históricos, un evento catalizador desde las redes sociales (crisis económica, escándalo) podrían despertar una respuesta colectiva para ser conducida a objetivos nacionales de unidad y compromiso.

Creo firmemente que esta “crisis popular” puede transformarse en algo activo; creo que el desborde del Estado no va a seguir condenándonos a la indiferencia, porque creo en el Perú y sus posibilidades.

Tags: Desborde del Estado y crisis popularRicardo Escudero
Ricardo Escudero

Ricardo Escudero

Columnista de opinión política, análisis social y previsional. Autor de "La rebelión de la clase media: dónde están las clases medias"; "Desborde del Estado y crisis popular": "La izquierda del odio: un Perú resentido" y en pronta publicación la novela "Una cita en La Fábrica". Fellow, Thomas Jefferson Foundation, becario Konrad Adenauer Stiftung, Friedrich Ebert Foundation. Ricardo es director de la Fundación Minuto Digital y del Instituto del Ahorro www.institutodelahorro.com

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