El frustrado perdedor de las elecciones presidenciales no logró reunir ni siquiera a mil personas en las puertas de su local político en Lima, guarida de los violentos y cueva de los fracasados marxistas que al ritmo de tambores de guerra pretendían “incendiar la pradera” de las calles capitalinas, mientras el país gozaba en alegría cuando a Keiko Fujimori le entregaban sus credenciales como Presidente electa del Perú, gracias al enorme caudal de votos que obtuvo en la segunda vuelta, donde derrotó abrumadoramente a todas las izquierdas, desde las golpistas a las subversivas que causaron, por sus anteriores dirigentes, decenas de miles de muertes terribles que faltan ser juzgadas todavía (muchas de ellas).
Y es que el rechazo popular al marxismo y cuanto invento ideológico se posa sobre esa pirámide del mal, está produciendo un silencio enorme sobre la histeria socialista que se nutre de agresividad, resentimiento, violencia y maldad diaria, donde sus balas de odio se disparan contra cualquier ciudadano, con tal de generar la muerte civil y la sombra del exterminio de la voluntad popular. No quieren “esas izquierdas” que los jóvenes las enfrenten y les digan sus verdades, lo que son y lo que fueron (que no es peor, sino lo mismo).
Las izquierdas del odio están desapareciendo y no es solo un momento de ausencia en la escena nacional lo que les sucede, sino que son los trabajadores, los padres de familia, los jubilados, los campesinos y obreros quienes le han puesto en su lugar a cada fermento de maldad marxista que por décadas destruyeron la convivencia política en el Perú, porque antes, se hablaba con izquierdas educadas, antes se debatía y seguíamos siendo peruanos con algunas diferencias, pero no pasábamos a la enemistad que se termina con la muerte. Eso no ocurría, pero llegó la Era Caviar que destrozó la educación y promovió la sinrazón como poder oficial y así, se fueron callando las discrepancias y la crítica, sellaron el pensar, aplacaron voces y reprimieron -usando al Estado-, los intentos por recuperar los espacios democráticos perdidos, donde los peruanos siempre nos entendíamos y caminábamos en un mismo rumbo, manteniendo esas discrepancias, sí, pero jamás asumiendo odios, eso no.
A las izquierdas del odio no les está tocando un momento de ausencia, sino de castigo ciudadano. Van a ver.
