Un ciudadano -en una democracia-, debe ser leal a la democracia como sistema y también debe serlo con los principios que la sostienen; no se puede confundir lealtad con sumisión y en eso, muchos gobiernos quieren poner en un mismo marco conceptual a la democracia como sinónimo de gobierno. Y eso, no es correcto, no lo ha sido y no debe serlo, porque se trata de una manipulación clásica de los gobiernos débiles, sin agenda, sin perspectiva. Hoy en el Perú, estamos en la ruta de recomponer y rehabilitar la democracia como sistema creíble en el que los ciudadanos ejerzan sus discrepancias como aporte a la nación, no como instrumento destructivo o de conflictos.
La lealtad -como ven, como leen- es a la Democracia y el respeto a ella misma nos obliga a mantener una actitud de participación, opinión, exigencias y deberes que no debemos dejar de lado, nunca. La lealtad a la democracia asegura que los ciudadanos actúen en función del bien común, hacia la igualdad ante la ley y con la protección de los derechos humanos fundamentales como un eje de acción permanente.
La administración temporal de quienes fueron elegidos por el voto ciudadano o designados por la máxima autoridad nacional se encuentra en el gobierno (presidente y sus vicepresidentes; designados los ministros con una estructura política que nombran para desarrollar políticas públicas, sujetos a control del poder legislativo).
Estas responsabilidades tienen que reflejar lealtad al sistema democrático, a la Constitución y la Lye, ya que permiten que nuestra democracia funcione efectivamente, independientemente de quien ocupe el poder.
Recuerden: la lealtad no es hacia el gobierno, sino hacia los mecanismos e ideales de la democracia que nos garantizan justicia, igualdad y participación.
Un ciudadano leal a la democracia prioriza la integridad y sostenibilidad del sistema democrático y de sus instituciones, ejerciendo derechos y cumpliendo responsabilidad sin dejarse condicionar por gobiernos transitorios.
La fidelidad al gobierno es secundaria y condicional, legítima solo en la medida en que este actúe conforme a los principios democráticos.
Finalmente:
Lealtad ciudadana, es lealtad a la democracia y a sus principios fundamentales.
El gobierno es la administración temporal de poderes; sujeto a control ciudadano.
Participación activa, respeto a derechos y fiscalización, constituyen manifestaciones concretas de lealtad democrática.
Pero ¿qué ocurre con los ciudadanos que guardan silencio porque no quieren expresar sus discrepancias, las mismas que tanto bien harían al ser expuestas? En ese caso, son desleales con la democracia y se requiere la tenacidad y la sensatez de los mejores para incorporarlos en el sistema que nos permite corregir y decidir el camino de nuestras familias y el país.
Para elegir y luego defender lo elegido y a los elegidos, debemos trazar una línea ancha que separe a los que sean admitidos para incorporarse en el gobierno, porque el momento de las traiciones siempre se presenta y acaba con ilusiones o perenniza las desilusiones. Los no elegidos que gobiernan, son el peligro a la lealtad.

