Cuando todo es odio, envidia y revancha por no ser o tener un mínimo de ideas y propuestas, sale a la luz el componente de las izquierdas en su máxima expresión irracional: los gritos, las victimizaciones, el herirse y buscar ser parte de un cuadro de homenajes por sacrificios que no lo son o por declaraciones y juramentos de lucha que tampoco lo son. La idea de ser de izquierdas en el Perú va desde esa expresión irracional que señalamos, hasta la locura de creerse encarnación de un pueblo que no conocen, no ven y no sienten, porque lo odian tanto como a sus propios camaradas que son, en la teoría y la práctica, sus propios enemigos de clase y conciencia. Así, lo que no les funciona es culpa de sus oponentes -otra clase de verdugos de su ignorancia, más allá de sus fantasmas- y siembran ante la sociedad y los medios que los alientan, frases, panfletos y sacrificios “heroicos” como desgarrar sus palabras ante pequeños grupos de soldados fanáticos de su legendaria revolución, una pesadilla de historias de traición y maldad, como la que llevan en sus venas y recuerdos.
A las izquierdas no les funcionan las palabras revolución, lucha de clases, proletariado, dignidad, solidaridad ni lo que quizás podría un sentimiento compartido o una esperanza. A las izquierdas peruanas, tan sucias y malvadas por sus dirigencias y discursos, no les nacen líderes ni referentes, sino una masa amorfa de dueños del local y el candado de la oficina que un día usa Roberto, al otro Antauro, quizás López Chau o el rey del carnaval, Nieto y su combo. No son nada, pero aspiran a decir que son algo… “el pueblo en marcha”, pero hacia atrás.
No hay ni un solo Diputado o Senador de las izquierdas que, a nuestro buen juicio, tenga prudencia, educación, respeto o ganas por trabajar en beneficio del país. He ahí otro drama ideológico en que por ser marxistas o por ser maoístas (y dicen serlo los anquilosados de la trinchera roja) se creen dueños de una nueva verdad, fabricada por sus lamentos y tormentos. Ellos “son” lo que nunca “serán”, es decir, representación ciudadana y voluntad al lado del pueblo (que tanto engañan y usan para luego condenarlo a más pobreza y desempleo).
Las izquierdas no tienen ideas, carecen de propuestas, son resentidas entre ellas mismas y trafican con mensajes que no apuntan a nada tangible. Piden sueldos mínimos en máximos salariales, pero no trabajan. Exigen pasajes gratis, pero viajan en lujosas camionetas de corte narco-selvático o minero-ilegal. Condicionan a la democracia para asegurar su narrativa y subvenciones indirectas a sus medios de comunicación activistas y fanatizados con periodistas o que dicen serlo, que en realidad “discursean, insultan y ofenden” pero si les respondes, caen como en un juego de lágrimas anunciadas para proclamar su dolor (ignorancia), su pena (estupidez) y sus lamentos, o sea, la miseria que los envuelve y caracteriza.
Decimos en el título: “El Congreso de la República y la difícil tarea de educar a los agitadores de izquierda que quieren destrucción y caos”, pero nos quedamos cortos, porque en el Congreso hoy, la Cámara de Diputados está a merced de bandoleros y chacales que no saben qué hacen allí; y sin embargo, están allí para destruir y arrasar la frágil estructura parlamentaria que se amontona en miles de burócratas, ahijados y entenados que se han acomodado para cobrar sin trabajar, para formar sindicatos de negociaciones incompatibles, para darle un nuevo asco a su institución, a fin que los ciudadanos la sigan repudiando. Eso es, eso quieren, desprestigiar al Congreso, a la precaria institucionalidad, a fin de gritar, arrasar, destruir y refundar sobre el desperdicio que han dejado, otro símbolo de fracasos que repiten con angustia de quincena impaga: la asamblea constituyente.
A eso van, al caos oficial, oficializado por ellos mientras amplían su dominio y se los permitimos.
Las armas de defensa la democracia no se activan y estamos perdiendo tiempo, mientras algunos payasos se colocan bandas ministeriales y discursos que alimentan a esas izquierdas del odio, declarando tonterías.
