“Nuestra ancestral tradición minera se origina en el episodio del rescate de Atahualpa” nos recordaba Don Alberto Benavides de la Quintana cuando ofreció una extraordinaria conferencia en el Instituto de Derecho de Minería, Petróleo y Energía conmemorando los 50 años de creación de tan importante esfuerzo académico y profesional en el Perú. Ancestral tradición minera frente a la cual hay peruanos sin educación y sin amor al país, que la quieren destrozar por odio y envidia también, en un ancestral resentimiento que es fruto justamente, de la ausencia de formación y educación que hay que reivindicar urgentemente.
¿Saben por qué les traigo a la memoria tan lúcidas palabras? Porque desde Don Alberto Benavides, a quien la vida le vio nacer en la Calle de La Minería -y yo creo, no por casualidad, si no por destino manifiesto- en nuestra Lima de antaño, hay una frase que él destacó y que siempre considero vital: “la minería tiene mucho que hacer, con el quehacer político diario”.
El Perú es una semblanza de todos los potenciales, es un aire que sabe ser generoso para levantar vuelo sobre sus campos, es una lluvia que nos revitaliza para movilizar sus gotas limpias que dan cosechas abundantes; se encuentra en los mares nadando desde donde salen especies que hacen la fabulosa cocina que conquista con jugo de limón el paladar ¿qué más es el Perú? Es minería que lleva progreso y desarrollo, es minería que abre oportunidades para conquistar esperanzas, es minería que forma empleo y sostiene en el tiempo al país con recursos crecientes, pero es minería que se entristece cuando su aporte no va al destino que se espera, sino al bolsillo oscuro del político que se desespera por arrebatarlo obstruyendo que se invierta en beneficio de las familias peruanas.
La política valiosa, esa de antes y no la de ahora, donde Víctor Raúl Haya de la Torre junto a Luis Bedoya Reyes y Fernando Belaúnde Terry engrandecían el debate, el diálogo y la discrepancia tan necesaria para afinar las ideas y las propuestas, hoy es una trocha creada por maldad, odio e ira ideológica, por gentes que no saben lo que van a lograr destruyendo la riqueza que hay que ubicar, extraer, procesar, trasladar y entregar, como ocurre con el amor, que ubica a quien ama con quien también le amará, que extrae de ambos lo mejor para que procesen la formación de la familia matrimonial y se trasladen a su hogar dejando el de procedencia, el que les dio valores y virtudes, para entregar la secuencia de un apellido que trasciende.
La minería es el amor al Perú, pero con el quehacer político diario, se está limitando ese amor a ser un sueño que no quieren -los políticos de ahora- que despierte. La minería peruana, es la mayor bendición histórica del Perú, el soporte que necesitamos para crecer más, progresar más, integrarnos más. Entonces ¿por qué no la imploramos y cuidamos con decisión? ¿vamos a dejar que se siga dando un discurso de odio que va de la mano de acciones ilegales en la extracción de nuestros recursos o enfrentamos ese reto, por no decir guerra insensata?
Un gran peruano nos legó su trabajo, palabra y amor al Perú haciendo de la minería una página permanente de nuestra historia, para impulsarnos día a día, para superar nuestras sombras con la luz del ejemplo.
Vamos a rehabilitar la política como tantas otras fortalezas ancestrales, haciendo que en cada escuela se sienta la minería como lo que es, un símbolo de peruanidad. Vamos a elevar las imágenes y palabras de referentes como Don Alberto Benavides de la Quintana, cuya sensatez y tenacidad vencieron, con perseverancia, cualquier reto y obstáculo para mostrarle al mundo las riquezas el Perú.
Hagamos como ciudadanos un nuevo quehacer diario para la política, para que la minería tenga mucho más por hacer.
