El reto de un gobierno nacional, regional, provincial o local es tomar decisiones y no quedarse en la inercia o en una serie de discusiones bizantinas, mesas redondas enredadas, asambleas participativas para unos cuantos o reuniones interminables con agendas enormes donde van algunos a lucirse en discursos improductivos, es decir, los que antes tuvieron las responsabilidades de gestión y ahora se presentan en una nueva faceta de actuación, en nuevos movimientos políticos o los mismos de antes con nuevos nombres, como los únicos expertos, como los únicos que van a lograr “lo que ellos mismos no lograron” (paradoja del fracaso peruano, la misma escena en cada elección). No es un trabalenguas, pero se parece mucho el Perú político de estos tiempos de locura.
Estamos en medio de la violencia política como algo natural -ahora-, ya que lo no violento no existe y entonces asumimos como algo propio, de hecho y hasta consecuente con la realidad, que seamos parte de los modos de violencia que nos invaden en las noticias y abandonemos la realización humana, la convivencia social, el respeto mutuo, la fraternidad natural que hace mucho no la visualizamos como algo necesario, recuperable. Estamos en un momento largo de desperdicio colectivo, apretando el error y no considerando el entendimiento. Hay que ir a la caza de alguien para destruirlo y hacerlo enemigo, ese es el mensaje y la orden imperial del caos.
No sometemos a los problemas de cada día, enfrentados con soluciones burdas que no dieron resultados -antes- como en un repetir de modelos de fracasos y frustraciones, cuando lo urgente es tomar las decisiones efectivas, innovadoras, convocantes, las que existen y no necesitan inventarse, pero la violencia desde los medios impone requisitos de aceptación: debes inclinarte y obtener la bendición de los cárteles mediáticos, si no, te destruyen en el intento de hacer cosas buenas por el país; no importa si se postergan resultados, no interesa si se sigue en la misma podredumbre de siempre: tienes que pedir permiso al poder de los medios que ahora no son papeles en tinta de cólera, sino redes de comunicación y manipulación más amplias, que te disparan hasta el final de la ejecución.
¿Pero hay un equilibrio, una fuerza opositora a esos cárteles? Por supuesto, pero está muy esparcida y por eso, el deber de conciencia es unir voces manteniendo la independencia comunicacional, para hacerles complicado -a esos cárteles- su avalancha destructiva.
Los medios de antes, desesperados por los medios independientes de ahora, tienen como objetivo trasladar el alto costo del odio de la violencia política, a la convivencia social, para hacer de esa “convivencia” el combustible de su vigencia y poder. ¿No se dan cuenta?
