Extraño mundo político en el cual las izquierdas del odio ya no son lo que antes era el gran emblema de su lucha constante al decirse “revolucionarios” y gritar con maldad insistente la “guerra popular, del campo a la ciudad” y otras frases que los separaban de los que aman la Libertad y la Democracia. Ya no es la lucha de clases el motor de la historia, ya no es el proletariado la razón de ser de la conquista del poder. Ahora se han metido en el hoyo de la negación y la contradicción, sus dos armas preferidas, para cambiar sus colores, slogans, víctimas y credos que rezaban cual iglesia satánica en cada asamblea del odio, para planificar la ira y le violencia que lo justificaba todo y en cada instante de la historia.
Matar no era un crimen, sino una reivindicación (si se trataba de un hacendado o un empresario, de un alcalde o tal vez un dirigente vecinal); del mismo modo matar a la gente de una comunidad -si apoyaba esa comunidad a un gobierno, a la Policía o sus Fuerzas Armadas- tampoco era un crimen, sino un ajusticiamiento que respondía a las causas profundas del pensamiento y la acción revolucionaria. Y así, millones morían, hogares sin los abuelos y sin los hijos, el credo de la matanza se llevó cientos de millones de voces en silencio, en nombre de la revolución y del partido comunista. Eso sucedió y nadie puede negarlo. Y no fue sólo el matar por matar, sino el asesinar a millones de niños por nacer, agredir millones de mujeres, torturar seres humanos a cambio de traiciones… en fin, el fin en manos de los marxistas leninistas, maoístas, castristas, chavistas, cuanto animal usurpaba el poder.
El mundo no lo merecía pero lo sufrió y de esa historia de malos ejemplos y pésimos recuerdos vino la izquierda disfrazada al Perú, como una especie de grupo con intenciones de igualdad y reconocimiento, pero eran caretas e hipocresías de las izquierdas que tardaron en descubrirse un tiempo, porque desde sus formaciones, el partido comunista Sendero luminoso exterminaba campesinos, obreros, maestros, o dirigentes de pueblos alejados de las ciudades, escondiendo su miserable proceder, sanguinaria conducta.
Sin embargo, las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, junto al pueblo peruano derrotaron a Abimael Guzmán y su venenosa agrupación, pero costó tiempo y unidad para lograrlo, porque no fue fácil penetrar en las garras de la subversión comunista, ya que variaban de nombres -como organización terrorista- y como liderazgos que se iban formando y fortaleciendo. Inclusive, para períodos electorales se ponían nombres suavizantes, no agresivos para dar una muestra de “ser de izquierda, pero no terroristas”.
Y así siguieron engañando porque seguir llamándose ‘partido comunista’ no les resulta rentable ni cómodo… con tantos crímenes cometidos y tantas muertes causadas. Así, hoy en el Perú no se conocen “partidos comunistas”, sino colectivos de izquierda (lo mismo, los mismos, con otros nombres o marcas comerciales para elecciones) que enmascaran la lucha armada con su presencia en el Congreso (nuevas formas de lucha, para destruir al país)
Ante esta secuencia de cambios de frases, jamás de objetivos de destrucción masiva, el país tiene que estar en una posición de alerta y con respuestas efectivas, porque los intolerantes de hoy serán los asesinos de mañana y eso, no lo vamos a permitir en el Perú.
