Una luz roja no detiene el traslado de una caravana de mentiras y maldades, la acelera cuando la desesperación se pone por delante y es la guía del destino o del fin y por eso, arrasa lo que sea, pasando líneas infranqueables que no se borran porque son la exigencia de la degradación moral convertida en el sueño y la fuerza del mal.
En la caravana de las ideologías del odio, los conductores son prontuariados cobardes de la política y no gentes que pueden equivocarse y redimirse. Son los dueños del lenguaje nuevo y la actitud de la nueva perversidad que descansa cuando la ciudadanía muere, cuando el voto es un papel en blanco, cuando la participación política no se nota en las democracias, porque los medios de comunicación la han sustituido para imponer su agenda.
El dueño de cada sueño no existe, la esperanza no está en el horizonte, las oportunidades han pasado por debajo de la degradación y los humanos son la escoba del polvo de la inacción, en tal cantidad que forman montañas de acumulación interminable: el desierto del silencio, cuando tenías el bosque de los ecos en las palabras.
La política carcomida gira las manijas del reloj del tiempo que las izquierdas necesitan para manipularte porque se encuentran en modo destruir, arrasar, eliminar o simplemente desaparecer y desaparecerte. En esa correlación estamos desde los inicios y la dejamos presentarse, sacudirnos, hundirnos, maltratarnos y desaparecernos como si nada tuviera valor, como si nadie importara.
Sabiendo este desenlace que se repite y repite, reaccionamos tarde y las izquierdas se levantan temprano con el cuchillo del título que desangra legalmente y ahora legítimamente, los espacios que le pertenecen a las personas que aspiran a servir a la sociedad, no a servirse de la sociedad. Vaya paradoja, lo correcto está siendo castigado y lo incorrecto, se coloca en el pedestal de las leyes.
Estamos en tiempos de responder, de castigar, de reaccionar “antes de” y no “al final de” ¿lo haremos?

