El escenario de millones de víctimas en el Perú, contagiadas por el coronavirus, no es tal. La secuencia de hospitales incendiados por el dolor y la angustia, sí es verdad, muy por encima de la dimensión que se trata de ocultar desde los medios de comunicación.
No se puede tapar la realidad. Los centros hospitalarios han llegado a colapsar por tres grandes motivos:
Primero, por la acumulación de pacientes con enfermedades que ya iban subiendo en incidencia y frecuencia, y no eran atendidos ni siquiera en consultorios o visitas domiciliarias (cáncer, diabetes, hipertensión, enfermedades respiratorias crónicas, enfermedades de transmisión sexual, enfermedades renales…).
Segundo, por la carencia de infraestructura que acoja a todos los que requieren tratamientos primarios, especializados y hospitalizaciones, incluyendo cirugías desde ambulatorias hasta las de larga estancia.
Tercero, por la pandemia, que ha desplazado a los dos primeros escenarios para priorizarla y volverla el gran negocio de la corrupción.
El drama de millones de víctimas en el Perú, afectadas por la corrupción y el desgobierno, es de tal magnitud, que su impacto abarca todas las escenas de la vida misma, destruyendo más de cuatro millones de trabajos, llevando a la quiebra y al sobre endeudamiento a dos millones de pequeñas y micro empresas y castigando a millones de jóvenes y adolescentes en edad de trabajar, que perdieron sus ingresos y posibilidades laborales. ¿Todo eso, no fue por el coronavirus? No, el coronavirus adicionalmente causó más daños. Estamos hablando únicamente del desgobierno y la corrupción.
Pero, para estar más cerca del desastre, el grupo político que se impuso entre oscuras “negociaciones y contubernios”, el partido Morado y el incompetente presidente que los representa, han diseñado en forma criminal, autoritaria y totalmente ajena a la realidad, una cuarentena que criminaliza la protesta social, que introduce campos de concentración atentando gravemente contra los derechos humanos, que genera un encierro absurdo que incrementará en significativo porcentaje la destrucción de lo que estaba siendo lentamente, esforzadamente, nuevamente levantado como esperanza: El trabajo y los ingresos de millones de afectados por el desgobierno de Vizcarra y su socia Alva, la peor ministra de economía de la historia del país.
Es decir, sabiendo cómo está el Perú, sabiendo perfectamente la terrible condición que están pasando millones de familias y emprendedores que perdieron todo y hoy, con ayuda de sus familias y amigos van haciendo un nuevo camino de esperanza, el partido Morado y sus aliados de la extrema izquierda “ordenan más muerte, más quiebras, más angustias, más daño”… y por supuesto, la prensa más servil y sumisa que pueda uno imaginar, se une al coro agresivo del gobierno para silenciar la más mínima protesta.
La penosa cuarentena que ordena un presidente ochentero que mancilla a los ancianos, que menosprecia a los adultos mayores siendo él uno de ellos, representa para la vida de millones de peruanos, estar ahorcados entre la incertidumbre de vivir imaginando que maldiciones vendrán, el desgobierno que sólo se preocupa de llenar los bolsillos de consultores y ONG, el odio incentivado con subvenciones hacia los medios para que lo propalen como inyección letal diariamente y el eterno reinado de la corrupción desde la burocracia caviar que hoy se ufana de sus nombramientos con sueldos millonarios.
¿Qué nos queda, si es que nos queda algo? Lo que dijo una voz humilde ayer en la Plaza San Martín: No callar, nunca callar.