Uno podría pensar “está loco, es así y así va a ser” o quizás “su historia era mentira, no es lo que dice ser, nunca lo fue”, para describir a quienes mienten constantemente y hacen de su imaginación y fantasías algo así como su propia realidad para imponerla como evidencia, pero no lo es, al contrario, se trata que se ven descubiertos en su historia irreal y en su histeria efectiva, el que a todo teme y a muchos debe, incluido al Estado.
No quería escribir de este tema que me parece duro de hacerlo y riesgoso también, porque parece que algunos candidatos se han dedicado a amenazar con demandas y juicios al que piense diferente de ellos, al que dude de lo que nos dicen, al que les pregunte por algún rumor a fin de que digan si los rechaza por incierto y falso, o explique cuál es la verdad, si es que existe una respuesta que contradiga el rumor que se presenta como noticia consistente, digamos por ejemplo, al preguntarles individualmente: ¿Usted le debe al Estado por tributos?
¿Es esa una pregunta ofensiva? ¿Estamos afirmando acaso que el candidato le debe al Estado? No, la pregunta es específica y directa: ¿Usted le debe al Estado por tributos? El candidato podría responder “No señor no tengo ni una sola deuda con el Estado, menos con la autoridad tributaria. Y listo. También podría responder: “Hay un tema que está en reclamo, judicializado, en curso de revisión sobre unas acotaciones que no corresponden”. Y listo. Sin embargo, la respuesta que alguien suelta se presenta casi como una amenaza: “Usted me difama” y las peguntas, tal y como la estamos haciendo, NO son una difamación, porque definimos: “la difamación importa proferir o divulgar ofensas contra una persona, atribuyéndole un hecho, una cualidad o una conducta que pueda perjudicar su honor o reputación” y en este caso, NO se afirma un hecho, sino que se le pregunta a una persona pública, que aspira a un cargo público de representación ciudadana, si es que le debe al Estado por tributos. Eso, NO es una difamación, pero lo que sí es un irrespeto, es el manipular la conversación y dirigirla hacia una victimización irreal en la que “el ofendido” por sus emociones a no responder, se inquieta y molesta expresando una amenaza indirecta al decir que se trata de una “difamación” la pregunta. Anecdótico el caso, pero se repite.
Otra más. Alguien dice que paga cientos de millones en impuestos y que tiene una fortuna superior a la de sus rivales. Está bien si es así y lo ha logrado con su trabajo. Pero, en su declaración jurada las cifras son muchísimo menores a las que declara en público. ¿Qué pasó? ¿Oculta algo o se equivocó? Si se equivocó, simplemente lo que debe hacer, es decir, “me equivoqué, tengo menos de lo que dije”. Y listo, se acabó el tema. Pero no, sale de nuevo a decir que lo difaman.
Y entonces los ciudadanos siguen escuchando como algunos lanzan cuentos y más cuentos y sus cuentas y sus cuentos no han cuadrado. ¿Podemos preguntar los ciudadanos? Qué pasa si alguien dice “yo tengo unas fotos que demuestran este hecho” y un periodista le pide que las demuestre y esa persona se molesta porque tiene reacciones complicadas ante una pregunta simple que diga: “Usted ha dicho que tiene esas fotos, esas pruebas, ¿podría mostrarlas?”.
¿Es una difamación preguntar? No. Lo inexplicable es el resultado natural de la composición de la soberbia, la vanidad y una especie de suficiencia moral de la nueva estupidez, eso opinamos, como todo lo que en esta columna de opinión se encuentra escrito; estamos repito, opinando sobre una pregunta abierta.

