No puedo dejar de mencionar a Nélida Rodríguez de Bobadilla, que recibía en su casa a mi mamá cada vez que venía a Chiclayo, se hicieron grandes amigas. Algunas veces me invitaban al almuerzo y también estaban presentes las hermanas de Paco que disfrutaban mucho con mi madre cuando les contaba historias divertidas, del amplio repertorio que tenía. Solo me queda agradecer por tantas manifestaciones de generosidad y cariño por parte de Nélida y sus hijas que le hicieron pasar ratos muy agradables a mi madre en la “ciudad de la amistad”.
Entre mi madre y Nélida había algo de parecido, era la conducta de dos mujeres que son madres, y son madres fieles entregadas a sus familias y a sus hijos. Dos madres que vivieron para su familia y cuidaron mucho a sus hijos.
Ambiente de amabilidad y alegría
Paco y yo veíamos a nuestras madres contentas.
Yo me fijaba en las dos. Nélida la recibía con gran amabilidad a mi madre y la trataba con veneración.
Mi madre era mayor, pero Nélida además la trataba con esa delicadeza y veneración porque era la madre de un sacerdote. Para Nélida, tener a la madre de un sacerdote en su casa, era como una bendición. Ella se sentía muy contenta y mi mamá más contenta todavía.
El ambiente que encontró mi madre en casa de Nélida, era semejante, salvando las distancias, al que el que encontró la Virgen María en casa de Isabel. Allí todo era alegría, amabilidad y generosidad.
El santo orgullo de tener hijos buenos
Ellas se veneraban mutuamente porque ambas tenían hijos entregados a Dios.
Quienes estábamos allí la pasábamos muy bien, y como éramos un poquito más jóvenes que ellas, aprendíamos, no solo de la amabilidad y los buenos modales, sino de ese santo “orgullo” que tenían por sus hijos. Eran mamás “orgullosas” de sus hijos.
Alguien podría decir: “pero así son todas las mamás” “todas las mamás son orgullosas de sus hijos”
Sí, tal vez se podría decir eso de muchas mamás, o quizá de la mayoría de mamás; sin embargo, ellas que tenían a sus hijos y sus hijas que ya eran mayores, y que además estaban en el buen camino, creo yo, tenían tal vez más orgullo, que otras mamás.
Los hijos éramos, para ellas, como unos trofeos que habían ganado. Yo creo se sentían triunfadoras por los hijos. Y el mérito era de ellas. Ellas nos educaron.
Entre ellas hablaban de nosotros, pero cuando estaban solas. Y se animaban entre ellas por los hijos que tenían. Si estuviéramos presentes en esas conversaciones, nos hubiéramos puesto colorados. Pero ellas tenían suficiente tino para no alabar a sus hijos estando nosotros presentes.
La alabanza a nuestras madres
Los hijos, también, cuando hablamos de nuestras madres, decimos que nuestra mamá “es la mejor mamá del mundo”. Es algo que los hijos suelen decir de su propia madre porque suelen recibir de sus madres un cariño incondicional. Es algo propio de la maternidad. Las madres siempre están pendientes de sus hijos, tengan la edad que tengan.
Y los hijos reconocemos el amor de nuestras madres, y ese reconocimiento crece cuando pasan los años.
En el caso de nuestras mamás, creo que hay un plus. San Josemaría nos decía que “el 90% de nuestra vocación se la debemos a nuestros padres”
Esto suele ocurrir, aunque puede haber excepciones, cuando una familia está bien constituida. Y la unión familiar, depende casi exclusivamente de la conducta de los padres, o sea de la fidelidad matrimonial.
Los hijos que procedemos de hogares unidos, agradecemos a Dios, por todo lo que hemos recibido del amor de nuestros padres.
Tanto Nélida como mi mamá, al morir sus esposos, nuestros papás, aumentaron su amor a ellos, rezando mucho por ellos y con la esperanza de que ellos estuvieran disfrutando de Dios en el Reino de los Cielos.
Es lo que ahora nosotros, los hijos, tenemos: la esperanza de que nuestros padres estén gozando de Dios y que podemos continuar el trato con ellos, a través de la comunión de los santos. ¡Cuánto nos pueden ayudar desde arriba!
Agradecimiento a nuestros padres
Siempre en estas ocasiones, los recuerdos brotan con facilidad y se multiplica nuestra acción de gracias. ¡cuantos momentos con ellos, cuantas alegrías! ¡Cuánto tenemos que agradecer!
Nuestras madres fueron madres valientes, tenaces y perseverantes, no se iban para atrás. El sentido común y el sentido del humor eran constantes en ellas.
Tengo un video en casa de Nélida, yo era el camarógrafo, con esas filmadoras grandes de VHS, trataba de grabarles unas palabras, pero se pusieron a reír. En el video han quedado grabadas las carcajadas…y así era en casa de Nélida, el buen humor y el tratar de hacer la vida agradable a los demás.
A Nélida le encantaba salir a pasear y visitar los centros comerciales, tenía sus amigas que la visitaban y ella también las visitaba, con ellas, fundamentalmente con las vecinas se reunía para leer el Evangelio y comentarlo. Todos los días hacía su oración y rezaba el Santo Rosario. Los domingos se preparaba desde muy temprano para asistir a la Santa Misa.
Nuestras madres eran rezadoras y así pudieron sacar su casa adelante, no solo en los aspectos domésticos, para que todo esté listo y bien preparado, sino el tiempo que dedicaron a la educación de sus hijos.
Encontraron ese tiempo porque rezaban y así fueron ejemplo para muchas mamás.