El debate es una paradoja, no es una obligación responder la idiotez o la sinvergüencería de los defensores de la dictadura chavista que tratan de arrinconar la historia hacia “porqué se invade, si se debió seguir luchando”. Ese discurso es una ofensa a las decenas de miles de torturados, desaparecidos usando la fuerza del Estado y grupos paramilitares (colectivos motorizados), cientos de miles hechos prisioneros de forma temporal, domiciliaria o en mazmorras terribles como el Helicoide, donde los más sanguinarios ejecutores usaban a los familiares de presos políticos como arma de delación forzada y vergonzosa acumulación de pruebas falsas, mediante el “lo matamos o firmas esta declaración” que ha preparado el SEBIN Servicio Bolivariano de Inteligencia.
En una dictadura, de las que el mundo tiene memoria o por lo menos las ha recordado en su duro aprendizaje, a veces se sabe del dolor ajeno, de las puestas en escena y de las cámaras de tortura y traición, pero que el daño se haga extensivo a propios y ajenos para que el miedo sea la Nueva Ley Revolucionaria, nos revela que “hemos pasado a ser la mirada triste cada día, el habla silenciada todo el día y la escucha cerrada en vida, cada día, para que nos maten a nuestros padres e hijos” como me ha dicho hoy, aquí en Caracas, de visita incógnita y prohibida por el chavismo, la señora Marisluz Lara, cuyos hijos, seis en total, menores de 22 años -el mayor- se encuentran esparcidos entre Argentina, Perú, Ecuador y Brasil. ¨Hoy no me queda Familia en mi casa, hoy vivo entre lamento y esperanza, pero son más de 25 años de abrir las cortinas sin poder hacer lo mismo con la ventana, porque el aire de afuera no es de Libertad” me dice Mariluz, que ha congregado a varios vecinos en un barrio muy pobre, que antes era un espacio de clase media emergente.
¨Mis hijos son cuando los vea, quizás un día cercano, no lo sé, son como seres extraños a los que veo distantes por medio de un celular que me presta una vecina que no cobra poco por cada llamada que me hacen” comenta afligida cuando un viejo trabajador de la antigua PDVSA comenta: “Vamos igual. Mis ocho hijos ahora son hijos de otra tierra, de otro himno, aunque no -gracias a Dios- de otra revolución. Nosotros nos confiamos en Chávez durante su bonanza y grandes apoyos sociales, que eran ociosidad y gratuidad a cambio de activismo, militancia y fanatismo, culto a la personalidad. Nos fabricaron un dios en la tierra, ese dios era el comandante Chávez”.
Cada testimonio tan bien estructurado me hacía ver que la gente de clase media -antes, ahora pobre-, se daba cuenta del suicidio colectivo al que llevan la demagogia y el populismo que enmascara el socialismo, en este caso el chavismo de la izquierda del odio que los condenó a más de 25 años de miseria y desesperación, donde el concepto de familia se ha roto como sus miembros.
Que el chavismo produjo la mayor pobreza en la historia de Venezuela, es verdad. Que el chavismo ha logrado que PDVSA sea una empresa cada vez en mayor riesgo de inoperatividad, es cierto. Pero lo más degradante y condenable es que millones de familias estén divididas, alejadas, extrañadas y sufrientes, a causa del gran mal de nuestros tiempos: la izquierda del odio.
