En el mercado político peruano no existen proveedores de formación, educación, cultura, enseñanza, promoción de valores, principios y virtudes, no se piensa ni se opina qué hacer, cómo hacer para que el país salga de donde se hunde siempre -repetidamente una y otra vez-, para surgir sin retroceder. No existen partidos políticos con estructura nacional, regional y distrital, apenas tienen algunos rostros que rotan de una colectividad política a otra con facilidad y sin remordimientos (transfuguismo a la orden) y las pocas figuras conocidas se mantienen en el poder o lo intercambian para sobrevivir. Tampoco tienen dirigentes que asumen una carrera de representación. No se siguen ideas, no nacen propuestas, sino que se buscan apellidos que sustituyan a los que no lograron una posición de poder en cualquier nivel de gobierno, así sea “no elegido” o crean “herederos por apellido”.
¿Por qué sucede esto? Porque no se rompe con la secuencia y frecuencia de la indiferencia provocada por esos mismos grupos políticos que juegan con el aburrimiento ciudadano o lo reprimen con nuevas formas de dominio en el pensamiento y la opinión. Es una jugada perversa que rinde frutos para las organizaciones políticas que van jugando en cada proceso electoral, haciendo creatividad mediática con las esperanzas y la emoción popular.
Te dicen que no faltará el pan (y no hay harina), gritan que defenderán la Libertad (y la criminalidad agobia a las familias que ven morir a diario a sus amigos, vecinos y parientes), presentan grandes planes de inversiones (y no existe credibilidad fiscal ni en los gobiernos, ni en sus sustitutos), proclaman la oportunidad de educación masiva y de calidad (pero los políticos son la antípoda educativa, así se cuelguen diplomas, maestrías y doctorados).
De la mezcla de ausencia de estructuras y dirigentes, se denota la carencia de líderes y además, no teniendo una formación política (doctrina, ideas, propuestas de políticas públicas, principios), la ciudadanía deduce con miedo que “es más de lo mismo de siempre” y entonces, se aparta porque no desea contaminarse con la política y con los indeseables que la promueven de la forma que lo hacen ahora. Surgen en consecuencia, molestias mayores porque nadie rehabilita la política y no es que se deja un espacio libre, sino que se extiende más “esa” absurda nueva política (que lleva décadas como expresión de lo tradicional o la nueva tradicionalidad).
Los sucesos políticos, absolutamente vergonzantes, se repiten como en una larga serie de incontables capítulos, mientras los bandos se acusan públicamente de lo que sucede… y es su culpa, de todos ellos, de los bandos que se pontifican a sí mismos (autoelogio de la estupidez).
¿Es posible así, que los ciudadanos participen en política y quieran ser candidatos? No, de ninguna manera, es una aversión lo que domina el pensamiento ciudadano, es un rechazo absoluto y se expresa no solo en la baja participación como afiliados, militantes, activistas o simpatizantes de partidos políticos, sino en otro suceso que nos preocupa más: no votar. Ojo, no es “no emitir un voto” (sea nulo, sea en blanco), sino, NO IR a la Mesa de sufragio para votar.
¿Se dan cuenta del daño que nos hacen los políticos desde hace varias décadas? Han sembrado la indiferencia como un gen natural, de autodefensa, de marginación y exclusión porque el requisito delictivo es el camino y si no lo tomas, si no lo respaldas, si no lo sigues, no entras al nuevo mundo de la nueva política que significa robar y hasta matar en nombre de la nueva democracia, la que no es Democracia, la que no es Libertad.
Amigos y no amigos: El Perú está enfermo de indiferencia, digan lo que digan, y por eso me pregunto y les hago la misma pregunta: ¿hasta cuándo se aguantarán los abusos de los políticos y de los que mienten diciendo que nunca participaron en política, habiendo sido gestores de lo que hoy vemos con espanto e indignación? El Perú está enfermo de indiferencia, lo repito. Entonces ¿hasta cuándo se aguantarán los abusos de los que viven del poder y la presión mediática?

