Entrevistado un candidato presidencial que alcanza en todas las encuestas el 0.8% en promedio, se atreve a decir que cuenta con resultados “que no puedo revelar quién me los ha dado en exclusiva, donde es evidente que voy a pasa a segunda vuelta porque supero el 15% de intención nacional de votos”. ¡Mentira! debió de responderle el periodista, pero como es su amigo y les une ideológicamente un odio hacia los pocos que no son como ellos, siguió en el discurso de las mentiras, asegurando que López Aliaga y él eran los destinados a disputar una reñida elección, pero en su mensaje final aclaró lo siguiente: “el fujimorismo debe ser detenido y yo lo voy a hacer este 12 de abril”. Total ¿cuál es su propuesta, más allá de intentar convencer a los televidentes que él y solo él enfoca la opción segura de la izquierda burócrata, la que solo ha trabajado “destruyendo” en el Estado y como sabemos, sin ningún resultado elogiable, medible, cuantificable para el país?
En otra escena ya casi de costumbre, en el aeropuerto internacional Jorge Chávez el desfile de candidatos es una pasarela de los desconocidos, quienes van adornados de camisas blancas -en la mayoría de los casos- cubiertas de bordados con sus nombres, el símbolo de sus partidos y si son postulantes al congreso (Senado o Diputados) colocan su número en gran tamaño. Así sean las 5 de la mañana y el frío se ponga intenso en el Callao o hacia su destino, intentan ponerse “a la vista” de los usuarios del aeropuerto, para ver si alguien los saluda y les pide una foto por lo menos, pero nadie lo hace, ni siquiera en “armanis” con sus acompañantes (a quienes tampoco se les conoce y podrían darle una ayudita algo al estilo mentira piadosa).
Del mismo modo, en zonas de afluencia ciudadana, me he encontrado con varios impopulares presidenciables, cabeza baja, caminada rápida, cara adusta, con miedo de sí mismos, que ante las cámaras en una entrevista de algún modo arreglada dicen ser “reconocidos por todo el mundo”, “no puedo dar un paso sin que decenas, qué decenas, cientos de personas me abracen y pidan un selfie conmigo”. ¡Mentirosos! Nadie los saluda y si alguien los reconoce, es para expresar su malestar al verlos.
¿Y por qué ocurre esto de lucirse casi con su letrero a cuestas? ¿Por qué tienen temor cuando están caminando solos en un centro comercial? ¿Por qué hemos llegado al nivel que los imbéciles se perennicen en el gobierno y los ciudadanos les paguemos por “gobernar y legislar”?
En estas elecciones, la facilidad para mentir se ha convertido en la principal “herramienta de campaña” de los que aspiran a engañar más desde el poder.

