Leer o escuchar los comentarios, opiniones, juicios de valor y hasta “fundamentaciones” de los congresistas de las izquierdas variopintas (extremistas, ultras, progres, caviares y mercantilistas) produce lástima y estupefacción en un país que anda como necesitando el caos para seguir dormido e indiferente, en una secuencia de miradas que se pierden en el vacío de una historia que no es edificante, que se auto destruye a pesar de que se percibe en avance, progreso y desarrollo (y no es así, de ninguna manera).
Un país donde los comunistas, marxistas leninistas, maoístas, trotskistas, castristas, chavistas y hasta albaneses de recuerdo se mimetizan con todas esas tendencias del odio y el activismo hacia la violencia, parece de novela o de una imaginación podrida, pero existe y hasta llega a darle a esos confusos militantes de las ideologías del mal, un lugar en la política, muchos espacios en los estamentos de poder y niveles de decisión en el Estado. Y uno diría que es increíble, pero sucede, duele, molesta, indigna y causa escozor neuronal que las amebas hablen y decidan por millones de personas que viven en una nación que no quiere despertar porque está cansada de lo mismo de siempre, de los mismos de siempre.
El bajísimo nivel educativo, cultural y formativo -en su conjunto- nos revela el drama moral del país, con seudo dirigentes que hacen del grito escandaloso su prédica, con maniquíes deformes puestos en ministerios y curules que asquean porque la podredumbre se sienta y se asienta allí. ¿Y los volveremos a ver elegidos?
Que no nos digan “son los que elegimos” cuando “son los que tú elegiste”. Que no nos digan después “hay que salir a las calles” cuando tú nunca has protestado, salvo el selfie que te tomaste antes de irte a la playa.
Estamos rodeados de los incompetentes, de los tránsfugas y de los mártires del reino de la hipocresía, pero hay sobre ellos una raza mayor, la de los rostros maltrechos de las izquierdas del odio que pugnan afanosamente por seguir viviendo de nuestros impuestos.
Estas elecciones son un plebiscito para enterrar a la izquierda o para darle un respiro, para darle la oportunidad de seguir destrozando al país, desacreditando, desnaturalizando y desprestigiando las instituciones, para matar la débil que democracia que subsiste, la Libertad herida que sangra, pero se rebela para no claudicar jamás.
Decide: Libertad o izquierda.
