Cada cierto tiempo encuentro lecturas amables que dejan un pozo de alegría e inocencia, agua de mayo para aliviar el trajinar de los días. Se trata de un pequeño libro “Tratado sobre la amistad” (ELBA, 2019) de Madame de Lambert (1647-1733). El prólogo de Manuel Arranz ambienta muy bien el entorno de esta brillante mujer de larga vida, aunque sólo sabemos de ella a partir de sus 60 años, justo en el tiempo en que comienzan las tertulias en su salón, los martes y miércoles, a la que acudían la flor y nata de las letras parisinas: Montesquieu, Fontenelle, Fénelon, Charles Perrault… En sus escritos, como en éste de la amistad, se pueden encontrar las huellas de sus lecturas: Platón, Séneca, Cicerón, Montaigne, Pascal, La Bruyère.
“De todos los bienes -dice la autora- los de la amistad son los más deseables; sin la amistad la vida pierde su encanto. El hombre está muy necesitado; cuando está solo, siente un vacío que únicamente la amistad es capaz de llenar; siempre inquieto y siempre atormentado, sólo se calma y encuentra reposo en la amistad” (p. 29). Este reposo del alma es un reclamo del corazón más que de la cabeza y sólo otra persona es la única capaz de llenar de contento y solaz nuestra vida. “No es bueno que el hombre esté sólo; le haré ayuda idónea para él” dice el Génesis. Y “como el corazón está hecho para amar, perece en cuanto le negáis el placer de amar y de ser amado” (p. 30).
La buena amistad requiere de una gran dosis de magnanimidad y generosidad abundante. El avaro, el calculador, el egoísta se incapacitan para la amistad. Madame de Lambert señala esta anomalía del alma. Dice: “los avaros no han conocido nunca tan noble sentimiento; la verdadera amistad es generosa (…). El espíritu de la avaricia paraliza, o mejor dicho ahoga todos los buenos sentimientos: no hay virtud que no empiece por nosotros mismos, mientras que ellos quieren que empiece siempre por los otros. Hay que saber regalar a pura pérdida; hay que tener el valor de hacer ingratos” (p. 42). “Regalar a pura pérdida”, qué bonita expresión y qué afirmación más a contrapelo de una cierta cultura utilitarista que nos lleva, más bien, a buscar el máximo provecho y a sospechar de las intenciones de nuestro prójimo.
Amistad buena que el Papa Francisco, en su reciente Encíclica “Fratelli tutti”, la extiende a la dimensión de amistad social, abierta a todos, en actitud dialogante, respetuosa de las opiniones ajenas. Un llamado a ver en el otro a un ser humano y no a un enemigo. Es comprensible que las naturales discrepancias en los asuntos de la vida pública exacerben los ánimos de unos y otros. No obstante, aunque, no es la dulzura de la intimidad la que esperamos en las polémicas públicas, vale la pena el esfuerzo para conseguir la cordialidad y el respeto mutuo, camino hacia la amistad social. Es un gigantesco reto pasar de la hostilidad a la amistad social, pero no por difícil que sea, debemos dejar de poner nuestro mejor empeño en conseguirla.
No se puede ir por la vida solo, ni mucho menos llevar el alma envenenada por el resentimiento y el odio. La soledad seca la fuente de la vida. Me resuena, en este sentido, aquel versículo de Eclesiastés: “¡Ay del que está solo y se cae! No tiene a nadie que lo levante”. Las caídas llegan y la agitación del alma, también. Para quienes no somos de acero inoxidable, cuánto bien nos hace encontrar “asilo en el corazón del amigo”. Su sola presencia alivia nuestras angustias y nos ayuda a reponer las fuerzas para seguir navegando en las aguas calmadas o revueltas de nuestro tiempo.