Raymond Aron (1905-1983) ha sido uno de los grandes pensadores políticos del siglo XX. Intelectual medido y observador comprometido, a la vez. Amante de la verdad y de la libertad. Decía de sí mismo: “soy ciudadano francés, soy un francés de origen judío”. Profesor universitario, periodista de opinión. Se manejó con maestría en los campos de la sociología, la filosofía y economía políticas. El libro de entrevistas con Jean-Louis Missika y Dominique Wolton da una buena semblanza del perfil político de Aron (“El observador comprometido”, Página Indómita, 2004).
Aron fue un incansable observador de la realidad. Deseaba captarla lo mejor posible, de ahí su recelo a las ideologías, superficiales por su poca hondura y sesgadas por los intereses que patrocinan. “Para Aron, la historia no está determinada ni orientada de antemano por una finalidad o un sentido. Permanece abierta, dependiendo en última instancia de la acción de los hombres, de la libertad y del arbitrio de estos. Ello explica que el autor rechace ese mesianismo en cuyo nombre se han perpetrado tantos crímenes durante el siglo XX”. Puso en la defensa de la libertad la línea divisoria de la opción política: “estar en un país totalitario o en un país liberal, elegir uno u otro, es algo fundamental con lo que cada uno afirma lo que es y lo que quiere ser”. Este fue, pues, uno de sus caballos de batalla, vérselas con los regímenes políticos totalitarios.
Vio desde sus inicios la perversión del nazismo. Asimismo, cuando muchos intelectuales echaban incienso al régimen soviético, señaló su índole totalitaria. El distanciamiento con Sartre tiene este origen. “Yo pensaba -escribe Aron- en los campos de concentración de la Unión Soviética, su despotismo, sus anhelos expansionistas. Además, intentaba explicar que, si la Unión Soviética se había convertido en lo que era, no había sido ni por accidente ni por culpa de Stalin, sino porque, desde el principio, existía una concepción del movimiento revolucionario que debía conducir a aquello. Si me hubiese limitado a decir que la Unión Soviética era estalinista, y no marxista, tal vez Sartre lo habría tolerado. Pero yo cuestionaba el movimiento socialista en sí, atacaba algo que era esencial para Sartre”. Para Aron, el comunismo de Stalin no fue un accidente, fue el resultado intrínseco del totalitarismo que anida en el comunismo de Marx. A la crítica de este mito de la izquierda le dedicó dos de sus libros: “El opio de los intelectuales” y “El marxismo de Marx”.
Sobre el compromiso político, decía Aron: “siempre he aceptado pensar políticamente, actuar políticamente. Nunca he pretendido tener la pureza de un ángel, porque de lo contrario habría renunciado a pensar la política”. Es la misma idea que sostenía, Emmanuel Mounier, quien afirmaba que los ciudadanos solemos comprometernos en causas impuras, es decir que, cuando se entra en el ruedo político, hay aciertos y, también nos salpican los errores.
Raymond Aron pensó y practicó una política del entendimiento, modesta. Desde esta perspectiva, “el político no conoce el futuro, conoce la realidad e intenta navegar como mejor puede, con suma cautela”. En cambio, el político que cree ser “el confidente de la Providencia, el marxista, por ejemplo, pretende conocer dicho futuro. Toma sus decisiones políticas sobre la base de una evolución histórica que cree prever y dominar”. A este último, la realidad le trae sin cuidado; firme en sus obsesiones arremete contra todo lo que no se ajusta a su proyecto. La ideología lo ciega. A su paso quedan los escombros de las instituciones que ha derribado.
La política del entendimiento no es pretensiosa y, aunque a trompicones, alcanza cotas de bienestar y ciudadanía que los totalitarismos al uso desconocen.