Un país sin colectividades políticas no sustenta ninguna oportunidad a los ciudadanos en el ejercicio de sus derechos y deberes. Ese es el destino injusto y fatal, hacia donde hemos llegado por múltiples sinrazones y demasiadas complicidades de quienes tuvieron como objetivo destruir a los partidos a lo largo del tiempo, ya que no pudieron hacerlo con sus fundadores y líderes. Y hay que tomar de ese tiempo de ataques vedados, lo que se ha ido dejando en evidencia como una fortaleza de resistencia: la grandeza de gentes de gran patriotismo y sólidas decisiones, que con ideas y propuestas concretas construyeron verdaderos partidos políticos, cuyas huellas resistieron y perduraron en el camino de la democracia, hasta que las dictaduras y las mafias del mercantilismo se unieron con la ignorancia y el delito, para quitarle sentido a la razón y la justicia, al progreso de los individuos y al desarrollo de la sociedad.
Consistencia y sensatez, doctrina y voz propia, diálogo y convivencia constitucional, escuela de formación y gestión pública, orden y respeto a la Ley, integración nacional y participación popular, esas eran las columnas de las instituciones políticas más sólidas que tuvimos en el país, como el APRA, el PPC y Acción Popular, a cuya destrucción apuntó la dictadura militar izquierdista de Velasco Alvarado, con una ferocidad y odio que sembró en el resentimiento social, las balas y cuchillos de sus atropellos, persecución y ajusticiamiento mediático.
Las dictaduras -siendo gobiernos mafiosos-, cuando se ven aisladas de sustento y reconocimiento legal, usan los periódicos, radios y canales de televisión como su artillería contra las libertades. Pero en los años de Velasco Alvarado, los medios de comunicación, los periodistas, resistieron el ataque de la dictadura hasta ser asaltados con esa palabra asquerosa que tanto le gusta a las izquierdas: “estatización”.
De esa estatización -nacionalización del periodismo, coacción a periodistas-, que duró muchos años, se hizo uso y abuso de la mentira, el desprestigio, la manipulación de acusaciones sin fundamento y las sentencias del fusil y la bayoneta del socialismo palideciente de entonces. El objetivo fue destruir los partidos que se sustentaban en los valores y principios de la democracia y la libertad.
Y lograron hacerles “huecos” que se vieron representados en traidores, divisionistas y nuevos enemigos de toda esperanza, que en el Perú tiene siempre la secuencia del péndulo, entre volver a establecerse o caer en las manos de la opresión y “la dictadura”, frase que también le gusta a muchos, como si fuera el remedio de las democracias fallidas.
Por eso, el valor de Haya, Belaúnde y Bedoya es algo que le da miedo a los que se callan pudiendo construir Democracia, pero prefieren arrodillarse “a lo que sea” (no importa si es dictadura, autoritarismo o locura), porque el dinero público es el nuevo partido de los sinvergüenzas de la política.
¿Hay herederos de Haya, Belaúnde y Bedoya? De ese nivel, de esa palabra, de ese talento, no. Y eso, es lo que falta ahora.
Nota de Redacción: el presente artículo se publica también en Vox Populi al Día