San Josemaría Escrivá decía el siglo pasado que existen tres olas que invaden el mundo, una ola roja de marxismo, otra de anticlericalismo malo y una tercera viscosa de suciedad e inmundicia.
Estas afirmaciones del “santo de lo ordinario” como lo calificaba el Papa San Juan Pablo II, se proyectan a los tiempos actuales y tienen una gran vigencia.
La ola roja
El marxismo, que puede parecer trasnochado y anticuado, está presente en muchos países ocasionando catástrofes sociales como lo ha hecho siempre. Su origen no deja de ser diabólico por ser específicamente lo opuesto al catolicismo.
Si el catolicismo fomenta la unidad y el amor entre todos los hombres, el marxismo fomenta la lucha de clases, la violencia y el odio entre los seres humanos. Basta ver lo que ocurre donde se ha implantado el sistema marxista. Es una de las peores esclavitudes que llevan al hombre a ser un peón del Estado quitándole toda la libertad que pudiera tener.
La ola roja, que ha revolcado a muchos, impide el desarrollo y el progreso de los pueblos. En ningún lugar del mundo puede ser compatible el marxismo con un gobierno de autoridades idóneas y competentes. Con el marxismo todo es corrupción y crisis, y las personas quedan esclavizadas.
La ola negra
San Josemaría, cuando hablaba de la ola negra, se refería a un anticlericalismo malo, que consiste en el odio a la Iglesia, que ha existido en todas las épocas, y que algunas veces se ha vuelto más virulento, con prohibiciones, persecuciones y muertes.
También se refería a ideologías que van contra la moral cristiana y que se manifiestan a través de publicaciones: libros, revistas, artículos periodísticos, campañas mediáticas contra la Iglesia, documentales y películas contra las buenas costumbres o fomentando la violencia y el odio entre los hombres y la destrucción de la familia.
Es evidente que este anticlericalismo malo se percibe en algunos Estados, cuando las autoridades no respetan la libertad de culto y se percibe también en muchos programas políticos que fabrican leyes contra la vida y contra la libertad de las personas, para que las autoridades las promulguen y obliguen a las personas a vivir contra las leyes de Dios y de la Iglesia.
La ola viscosa de inmundicia
Es la que se percibe en los desenfrenos de algunos festejos, donde hay exceso de licor y en algunos casos también de droga. Es cuando se escucha, y es algo frecuente, las violaciones sexuales en ambientes de violencia y de corrupción, y cuando vemos que crece la escalada de la pornografía, con pedófilos que infectan a los jóvenes imberbes, que se dejan arrastrar, cuando no tienen una buena formación moral y un sentido cristiano de la vida.
Es lamentable cuando se ven manifestaciones de personas desaliñadas que defienden el libertinaje sexual, incitando a vivir disolutamente, sin tener en cuenta los valores morales que protegen a las personas para no caer en los descalabros de corrupción, que están presentes en muchos sectores de la sociedad. Es penoso cuando en estos asuntos nadie dice nada y todo sigue igual o peor.
Construir rompeolas
Cuando las olas amenazan destruir, se hace necesario construir de inmediato un rompeolas. Nuestra sociedad necesita una educación y una política para defender los valores humanos y cristianos y así poder impedir la corrupción de las personas en todos los aspectos de su vida.
La educación debe darse de acuerdo a una sana antropología del ser humano que ayude a erradicar todo lo que perjudica a la integridad de la persona y no la denigre. Una parte de la educación consiste en saber evitar lo malo, colocando un dique para que no llegue lo que perjudica.
El dique contra el mal lo debe poner cada uno con el esfuerzo personal para ser virtuoso, y así poder ayudar a los demás para su correcta realización.
Está claro que en una sociedad bien organizada, le correspondería a las autoridades colocar los diques para que lo malo no invada, perjudicando a las personas. Todos debemos sentirnos responsables para colaborar con la formación moral de las personas,