Soren Kierkegaard (1813-1855) es un filósofo al que leo frecuentemente: de él o sobre él. No todo me resulta fácil de comprender. Me atrae su defensa del individuo concreto por encima de la humanidad abstracta. Es conocida su crítica al idealismo racionalista de Hegel. Un solitario, casi de triste figura, quien, lanza en mano, se lanza a puyar a la cristiandad abstracta en busca del cristiano concreto. Ve demasiada comodidad y satisfacción en la cultura de su tiempo. Quiere ser el tábano que, a base de picar, saque de sus reductos de confort a sus conciudadanos. En esta contienda socrática, lo tiene claro; donde se juega el destino del ser humano es en la religión.
En paralelo he descubierto a Theodor Haecker (1879-1945), un filósofo alemán, convertido del protestantismo al catolicismo, gran conocedor del filósofo danés al que dedicó dos libros. El segundo de ellos se publicó póstumamente en 1946 y al que tituló La joroba de Kierkegaard (Rialp, 1956), saliendo al paso de algunos libros que se habían publicado por entonces resaltado la constitución débil y un tanto contrahecha de Kierkegaard. Esta condición somática de nuestro autor, le sirve a Haecker para reflexionar sobre la dimensión corporal del ser humano y su influencia en el carácter y pensamiento de la persona. Partiendo de la distinción entre cuerpo, psique y espíritu, Haecker considera que el espíritu eleva al ser humano por encima de su dimensión corporal. En tiempos recientes, una muestra de este aserto es la figura de San Juan Pablo II en sus últimos años de pontificado. Su cuerpo estaba muy deteriorado, su ánimo venido a menos; sin embargo, su espíritu le mantuvo en pie hasta el final de sus días.
Salen, en el libro de Haecker, varios de los temas propios de la andadura existencial e intelectual de Kierkegaard. Uno de los que sigue rondando entre los estudiosos del filósofo danés es porqué rompió su compromiso con su novia Regina Olsen. La situación económica de Kierkegaard era holgada. ¿Estaba enamorado de Regina? Sí. Regina, ¿estaba enamorada de Soren? Sí. Entonces, ¿por qué rompió el compromiso? Tal parece que Kierkegaard ve la gran misión que ha de cumplir en su vida. Lo suyo es decir sí a eso extraordinario que se le pide como, en su momento, Dios le pide a Abraham el sacrificio de su hijo Isaac. ¿Creíble? Sí, sin dejar de ser una decisión durísima. Solo Dios sabe.
Kierkegaard usa la ironía en sus escritos. Lúcido en sus propuestas y, también, hiriente cuando polemiza con pensadores o teólogos. Es el caso de obispo Mynster de quien Kierkegaard decía que “había corrompido a toda una generación y que había sido nada menos que una planta venenosa” (p. 215). Manifestaba abiertamente lo que pensaba y fue un adalid de la sinceridad, dispuesto a enfrentar los molinos de viento que se le pusieran delante. Una sinceridad, dice Haecker, que no llegó a ser brutal, pues sabía moderarla y limitarla, en aras de la piedad y el amor (cfr. 216). Esta sinceridad, sello distintivo en el carácter de nuestro filósofo, con ser tan valiosa en los asuntos de este mundo, es insuficiente en las cosas que atañen a Dios y a la fe. “En relación con Dios y con la vida cristiana -argumenta Haecker-, el hombre que, por sí solo y como individuo, se constituye en juez -y así lo hizo Kierkegaard en los últimos años de su vida-, ese hombre, sea quien sea y aunque esté dotado de la más perfecta sinceridad humana, se apoya en una base inconsistente” (p. 208).
Kierkegaard es un maestro de la paradoja, aunque sin la gracia y buen humor de Chesterton. Haecker celebra este recurso y afirma que “al racionalismo no le gusta lo paradójico ni el lenguaje de lo paradójico, y por eso llega con facilidad a ser aburrido. Para evitar lo paradójico excluye de la creación no sólo lo irracional, sino también lo suprarracional de lo divino; carece del sentido para el misterio (p. 119). Por eso, la paradoja, en su justa medida, “es una especie de acatamiento del entendimiento humano frente a la majestad del misterio divino y frente a la realidad siempre nueva de que sus caminos no son los nuestros” (p. 122). Sobre esta apertura a la realidad y ampliación de la racionalidad vuelve, décadas después, Gabriel Marcel en su célebre distinción entre problema y misterio.
Kierkegaard, filósofo de reflexiones luminosas sobre la condición humana, un espíritu excepcional, vivió dramáticamente su vida y en esa misma tensión la pensó. Exigencia y autenticidad, mucha; sentido del humor, escaso, muy escaso.