Qué duro resulta a veces opinar sobre las inconductas y el mal comportamiento político de alguien a quien se le conoció por cualidades y no por sus nuevos deméritos, a una persona que siendo medianamente preparada, le vino la peste de la progresía y la enfermedad caviar, pero a borbotones, en cantidades abominables, casi como su verbo actual, cercano a un rostro de iras y recelos, de ojos rojizos desbordados en miradas que ahuyentan la entereza y la conducen a las actitudes de ensañamiento y ataques insanos, maleducados, provocadores del mal que lleva ahora en su sangre infectada e infestada de izquierdismo radical.
Y me dicen algunos amigos “ocurre en las mentes más perversas que se guardan el odio y lo hacen explotar en sus nuevos discursos para imponerse con hipocresía, maldad y perversidad”. Es cierto, opino y pienso lo mismo sobre aquellas personas despersonalizadas por el odio y una venganza que es culpa de sus propios males y de sus propios resentimientos, como el de la apodada Miss Odebrecht, que fue pasando de no ser nadie, a escalar en un partido político decente en base a engaños -esa es mi impresión cuando recuerdo su sonrisa fingida-. Es esa combinación terrible de “caretas y caritas” suavecitas, mientras lleva la olla a presión por reventar desde su hígado, cóleras de que otros y otras (como le gusta repetir) avancen, amen, se quieran, luchen, hagan esfuerzo, se sacrifiquen por sus familias y por sus logros, defiendan la Vida y al niño por nacer, defiendan la Vida del que siendo anciano o enfermo quiere vivir, sonreír, seguir amando y ser amado, defiendan la Patria frente a ese “ojo rojo y terrorista que llora”.
El gran cambio que proclamaba hace muchos años arrodillada a segmentos de poder ajenos al partido político que le dio la oportunidad de construirse un camino diferente, se evidencia en su propio cambio, de la corrección y honestidad evidente, hacia la hipocresía más vil, hacia el inmenso resentimiento hoy, también evidente.
¿Qué te pasó para odiar tanto? ¿Qué te hiciste para ser tan ruin, vil y miserable? ¿Por qué envidiaste tanto, si tú también pudiste formarte mejor y no quedarte en el fango de tu desdicha destructiva?
Mírate al espejo sin asustarte; esa que ves tan horrible de sentimientos y soledad, eres tú, Miss Odebrecht.

