Las evidencias del desastre que se viene para las izquierdas del odio son numerosas y siguen creciendo como también crecen las peleas injustificadas entre quienes se dicen demócratas o algo parecido, como si fuesen de derecha, pero con timidez de valoración e identidad. Estamos asistiendo a la escena del péndulo del asco; en cada oscilación, vemos el desagüe de la horda marxista balanceándose con los rostros de siempre, los que han fracasado y vuelven a intentar el fracaso, mientras en la siguiente escena vemos golpes de traición y palabras sucias de demolición, absolutamente repudiables.
Si las izquierdas quieren aniquilarse entre ellas, en buena hora, dejemos que logren su esperanza y se torturen y se hagan desaparecer, con disfuerzos o sin ellos, dejémosles el camino del enfrentamiento y la traición en sus manos y pies (para que se agarren a patadas, como siempre), pero de ninguna manera hay que repetir escenas de irracionales acusaciones y fantasiosas elucubraciones hacia candidatos que pueden y deben tener diferentes puntos de vista y de ejecución, pero de ninguna manera son vértebras del cuerpo de la corrupción.
Está bien que la campaña se caliente como el verano, pero hay que darle su balde de agua fría al mentiroso y al exagerado, al petulante y al insensato, porque el daño no es herir al adversario cercano, sino matar la esperanza del ciudadano y su familia, así luego llegue a decir “fue en el calor de la campaña”. Las mentiras y las ofensas se vuelven una daga caliente lista para atravesar el alma del inconsciente dañado, si no, todo no daría vuelta.
El Perú necesita moderación y actitud, sí. El país reclama debate y discrepancia, sí. Lo que no queremos es que se peleen las posibilidades menos dañinas a la frágil democracia que aún subsiste, porque lo que se logra en esa disyuntiva “ataque, error” es que las izquierdas del odio suelten perros de presa que asumen la indignación.
Cansa que los repetidos discursos del comunismo y todas sus versiones de moda se presenten como perros sin correa, dispuestos a ladrar y a morder con rabia. Pero cansa ahora y más, que se sirva carroña a los perros del marxismo, a las mascotas de la extrema izquierda, cuya rabia se nota en la espuma de sus ladridos.
Déjense de telenovelas y hagan su campaña limpia, señores de la derecha tibia, porque se viene la jauría encima y quiere esa masa ofensiva poner como política de Estado el odio (y ustedes le están dando el combustible).

