Dicen que es necesario morir para ver al diablo rodear tu cadáver a fin de poder llevar tu alma comprimida al infierno, desde donde nunca te elevarás. Pero también hay quienes sostienen que no es necesario estar muerto para darte cuenta quiénes son tus amigos, quienes se disfrazan de amistad y quienes son los que quieren verte fallecer para denigrar de tu vida.
Algo de todo esto se está desarrollando en el país en estos momentos, en que los enfermos de la militancia del comunismo, hoy traducido y trasvestido como progresismo y caviarismo se encuentra en la senda de esa escalofriante izquierda del odio que niega la verdad y la reconfigura en un acto que pretende acabar con lo evidente. Son los tiempos en que lo correcto ya no es correcto y se reemplaza por lo incorrecto como paradigma de ejemplo. Todo al revés, menos el poder, esa ilusión sigue en manos de los resentidos, los ignorantes violentos, los agresivos socialistas, los energúmenos de las izquierdas del odio.
Para hacer que este mundo al revés funcione, se necesita a los medios de comunicación y en paralelo, a los periodistas de la incomunicación, a los depravados ventiladores de la desinformación diaria que residen en centros de ventilación del odio -en nuestra opinión-, como el diario anti patria La República, algunos pasquines innombrables por su pequeña e inobservable estatura moral y crisis hepática semanal y ciertamente, en dos radioemisoras que se desesperan en gritos y susurros de maldad, plagadas de ofensas, conductores que a destajo lanzan acusaciones cobardes y un constante ataque al honor y la dignidad humana.
La República -que lástima- fue un diario que, estando relacionado con una izquierda competente (la hubo, aunque parezca imposible), tenía una extraordinaria mesa de redacción y muy buenos editorialistas hasta que se consumió en un cambio al extremo, producto de su ideologización y activismo en la izquierda de mayor consumo y producción de odio.
De los demás, ya lo sabemos, ya los vemos. Pero lo que ha ido creciendo es el mal reemplazo en los canales de televisión de señal abierta, donde la neutralidad periodística es sinónimo de protección a las izquierdas y ataque furibundo a los demás y en esa sucia obra, locutores acomplejados se presentan como periodistas, pésimos conductores de programas fungen como especialistas para comentar cualquier tema, directores de prensa y de los canales actúan como negociadores de la afrenta y su destino a cambio de jugosas retribuciones, algunas del dinero público, otras de procedencias poco legítimas.
Yo no creo que tengamos a los peores medios de comunicación o que la prensa sea “basura”, aunque es posible que lo haya pensado más de una vez. Pero recordando una larga conversación con dos viejos amigos, Luis Jaime Cisneros y Luis Alberto Sánchez, cuando yo tenía 13 años de edad y ellos me hablaban de periodismo en un café del jirón Moquegua, a la vuelta de La Prensa, la casa periodística de mi padre y la mía también, en el periodismo se conoce a quien escribe, revisa lo que escribe y consulta sobre lo que escribe para construir una buena columna de información o una mejor descripción de todo acontecimiento, sin ponerle “sabor propio” porque eso es opinión personal, no redacción de la noticia o transcripción de los hechos o de una entrevista. Periodismo es una profesión inmaculada, no un desecho para acumular la ignorancia y manipular a los lectores, radioescuchas o televidentes, como ahora ocurre en bandada.
Tenemos por ello en los medios, una expansión del veneno de los peores periodistas, de los que se autogeneran títulos de ser dueños de la verdad que ellos inventan, para destrozar la verdad que queda callada, porque los otros periodistas, los periodistas buenos, se mantienen en silencio o no se complican la vida con los que, engreídos del poder, se hacen inclusive dueños del tiempo de permanencia en el que alguien trabaja. Son si les dices algo, tu carta de despido.
Ante este cuadro de tristeza en el recuerdo, nos queda lo más valioso: nuestra Libertad, para que con ella, defendiéndola, amándola y sujetándola de sus bases de honor y dignidad, apoyemos a los pocos periodistas que aún resisten, a los que no son ni el odio ni la maldad de los que han vivido del poder, comiendo el pan del pobre y la esperanza de una clase media que paga hacia arriba, para someterse hacia abajo.