Las izquierdas son la consecuencia de las inconsecuencias humanas, que abrumadas en retrocesos, perdieron el sentido de la vida y lo bueno, para transformar el delito político en un valor “nuevo y humano” que sometiera la libertad y la construcción de una mejor democracia, en algo tan complicado de sostenerse como la dictadura de una idea de maldad y resentimientos, por encima de la razón y la verdad.
Es por ello que, si bien ha tenido que pasar un largo tiempo, el peruano de la escuela y la universidad, de la casa de familia y del barrio de amigos, del sindicato y la agremiación, ha ido mirando fijamente el comportarse de los que levantaron banderas de sangre y violencia, para responderles, poco a poco, a paso firme y paso concreto, en una secuencia de duros golpes de argumentos para someterlos frente a la evidencia que los desenmascaró, para que se vea el rostro de la ira y la cólera, desnudo ante el país que los rechaza, ya no en silencio, ya no en la mirada de costado e indiferente, sino en aquella que no se somete al dictado del odio impuesto.
Las izquierdas no nacieron en dictadura, se procrearon en democracia, que las sostuvo por un tonto concepto al decir que la participación debe ser amplia y diversa, permitiendo que sus destructores y detractores irracionales la perviertan y desnaturalicen.
Lo que han proclamado a lo largo del tiempo de sus horrores -las izquierdas del odio-, es la consecuencia del crimen imperfecto, que por una ideología, mata principios, que por dinero robado sacrifica a sus militantes, que por ambiciones de poder, es capaz de los más terribles crímenes.
No es incomprensible el odio de las izquierdas en frustración, porque son hordas y cárteles que amasan sumas de desprecios y los hacen rodar sobre el cadáver ajeno. No es incomprensible que sus palabras carezcan de un argumento de valor, de un principio de sostenimiento, de una virtud de aliento y ejemplo.
Las izquierdas, todas sin excepción, son la más pura traición a la humanidad.
Imagen referencial, una obra de Pablo Picasso