El impacto histórico de la izquierda en Perú, desde los extremos violentos como Sendero Luminoso, pasando por los innumerables grupos comunistas marginales, hasta movimientos más amplios que no han generado aportes colectivos sostenibles (con excepciones como Alfonso Barrantes en su corto momento), y que a menudo derivan en populismo, revanchismo u odio, vuelven a la carga en las elecciones 2026 y no estamos viendo la oscuridad del bosque.
Ese “peligro” que mencionamos en un mapeo partidario donde más de 20 de los 35-36 candidatos se inclinan hacia la izquierda –hacia posturas que podrían revivir dinámicas agresivas desde el extremo izquierdista hasta el proceso de la Era Caviar y su inundación de políticas públicas fracasadas y reformas políticas y electorales de manipulación ideológica– son un punto válido en el debate actual (que los medios de comunicación no encaran como les corresponde). La sombra de las izquierdas del odio está entrando de la etapa de nubes dispersas a la formación de la tormenta incendiaria.
Datos de diversas fuentes confirman alrededor de 36 candidaturas inscritas, con una distribución ideológica aproximada en grupos o bloques: unos 8 explícitamente de izquierda (incluyendo radicales como el partido comunista Perú Libre), 8 que pueden denominarse de centro, 8 de centroderecha, 4 de derecha, y el resto en grises o no claros. Pero sí, hay fragmentación: muchos “maquillajes” de centro que podrían ser poses, y una derecha que no siempre se muestra sólida, más bien como “muecas” dispersas, sin autodenominación propia o ajena. El ecosistema partidario es un enredo de máscaras sobre máscaras, con 83% de candidatos repetidos de elecciones pasadas, y partidos anclados en “su idea” personalista, lo que explica por qué la gente no los ve ni quiere escucharlos. Encuestas recientes (Ipsos, Datum, CPI de diciembre 2025) muestran candidatos con solo 10-13%, alto voto en blanco (20-35%) y algo cercano en indecisos (15-30%), reflejando ese rechazo general a la indefinición política (como rostro ante el ciudadano).
Frente a la pregunta de los electores –”si todo está mal, ¿por qué buscar entre esos males?”–, es cierto que no es solución ignorarlo, porque la indiferencia lleva a improvisados o extremistas ganando por default, como ha pasado antes.
Aplicando estos conceptos, no se trata de “elegir males”, sino de minimizar riesgos en un sistema imperfecto y quizás impulsar reformas como primarias abiertas para futuras elecciones. Si los ciudadanos usan esto para “recapacitar”, podrían empujar a los partidos a evolucionar más allá de “su idea” personal.

