Cada dos semanas y a veces, cada semana, se inventan temas nacionales para aburrir a la ciudadanía, que ve de forma asqueada lo que hacen, dicen, aprueban y “formalizan” los que se creen dueños del poder popular, tanto desde el Congreso de la República como desde el Poder Ejecutivo, un sancochado -en ambos casos- de lobistas e improvisados, ignorantes y mercantilistas que repiten con insistencia su falta de liderazgo e incapacidad moral permanente también y desprestigian la poca institucionalidad que sobrevive en una larga agonía que a nadie le interesa recuperar. Frente a ese drama aceptado como parte del paisaje diario, los ciudadanos prefieren no ser parte del circo escandaloso y por eso, se alejan de la participación y en forma amplia, de expresar sus opiniones.
Esa actitud es lo que provocan los sinvergüenzas que se han adueñado de la política, a fin de seguir dominando las escenas de poder y de presión, desde donde se mantienen por décadas, dejando en herencia a sus cómplices y asociados en el crimen organizado. Son ellos, los dueños de distritos, los propietarios de gobiernos regionales, quienes deciden el daño que nos hacen y por eso, les pagamos y encima, nos desfalcan.
Si se habla de institucionalidad, no podemos hablar del Perú, un país herido en alma y sangrante en su historia, donde se han cambiado roles y valores, donde la verdad se castiga y el delito, se premia. Y esto ocurre en gran parte porque no existe respeto al debido proceso, porque para crisis provocada, se inventan caminos “políticos” que se acomodan al guion de permanencia secuencial de los que destruyen la institucionalidad. Y es que creen que hacer lo que les da la gana y que eso sea el nuevo procedimiento, se llama “institucionalidad”, siendo más bien, la destrucción y desnaturalización de todo concepto de institucionalidad.
Sobrevivimos por algo que no pueden aún destruir: la Constitución Política del Perú. En ese objetivo persisten las izquierdas del odio y sus aliados temporales, entre los cuales hay sectores que se dicen de derecha, pero son el furgón de cola de progres y caviares, de ultras y extremistas, algo así como “traidores por un voto”.
Los ciudadanos que no militamos en ningún partido político, tenemos derecho de opinión, libertad de expresión, no estamos sujetos a mandatos imperativos de grupos de interés o cárteles de la coerción, eso hay que dejarlo muy claro, porque en la matanza política entre fanáticos, nacen algunos expertos en agresiones judiciales que a nada conducen, porque la Libertad no la determina un juez, cuya función es de sentencia, no se confundan.
No estamos obligados a votar por el crimen o por la injusticia, no tenemos por qué aceptar la imposición de una u otra candidatura “para salvar al país”, candidaturas de quienes rompen el orden constitucional para quedarse decidiendo como hacerles más daño a todos los peruanos.
El camino electoral también puede ser no votar y a eso, nos están llevando hasta el momento -mucho cuidado- los que desde cada gobierno y cada Congreso lo estimulan con sus actos delictivos, porque eso favorece a las izquierdas del odio, sus nuevas socias, dueñas de la corrupción y la impunidad.

