La verdad ahora “pierde legitimidad” con las encuestas encargadas directamente por el gobierno, por sus intermediarios o indirectamente pagadas por grupos algunos de poder y de presión, para validar injustamente -y de forma inaceptable-, las imprudentes acciones de quienes están en el poder. Esa es la impresión que tenemos muchos ciudadanos y también, es la preocupación que nos dejan los resultados observados, lamentablemente.
Resulta incomprensible que por ejemplo, el presidente de la República y su primer ministro, tengan un imaginario y abrumador respaldo, superior al 40%, teniendo como antecedente que ninguno de los dos ha logrado jamás, realizar algo positivo, de trascendencia, de impacto, que haya dado resultados elogiables.
Y peor aún, sino demuestran una organización gubernamental eficiente, de gestión y administración por objetivos verificables, y también de movilización como aprobación, que nos hagan ver sus esfuerzos, transparencia y calidad -imaginemos un poquito, un milagro-, entonces la construcción de sustento en las cifras que se menciona o, se manipula, ¿podría resultar una farsa a la luz de la abundante prueba en contra que vemos todos los días los ciudadanos?.
De esa misma forma, nos asombramos cuando inventan algo así como las encuestas del poder y justamente son los rechazados por el Pueblo, quienes resultan señalados como los principales ejemplos o la personificación de algún “gran poder” que ni nos afecta, ni nos interesa, porque no lo sentimos digno de respeto, pero causa malestar el que se pretenda “publicitar” la mentira, para imponerla como la nueva moral pública y también, privada en algunos casos. Así es la evaluación que no miden las encuestas de algunos y los análisis de otros, también relacionados con esos indicadores abstractos.
Sin embargo, olvidados los pobres, olvidadas las clases medias y los trabajadores, también hemos terminado contaminados en el olvido de la verdad, la real y la histórica, la que nos revela el dolor de antes y la angustia de hoy. Por eso, estamos tan divididos entre lados irreconciliables, sin darnos cuenta que esas divisiones son producto de pasiones y no de verdades.
Un país de enormes recursos, talentos y posibilidades de progreso y desarrollo no puede estar en manos de tantos sinvergüenzas toda la vida. Y si es necesario, hay que acabar de una vez con todos esos que hieren constantemente el alma de la nación, esos miserables que apagan la vida y destruyen esperanzas, de los jóvenes, de los ancianos, de las mamás que anhelan ver a sus hijos crecer y desarrollarse en buenos colegios, con mejores Maestros y en condiciones de Libertad.
Aún tenemos tiempo, aún…