En un encuentro a puerta cerrada, el Papa León XIV transmitió un mensaje directo a los sacerdotes de su diócesis: ningún algoritmo puede reemplazar el alma de un pastor. El encuentro tuvo lugar el jueves 19 de febrero en el Aula Pablo VI del Vaticano, donde el Obispo de Roma reunió a su clero para un intercambio franco que duró unos 45 minutos. Tras un discurso inicial, el Papa abrió el turno de preguntas. Cuatro sacerdotes, representando a diferentes grupos de edad, plantearon preguntas que abarcaron desde la evangelización en la cultura posmoderna hasta el acompañamiento a las personas mayores y la atención a los dilemas del final de la vida. La Santa Sede publicó la conversación completa al día siguiente, ofreciendo una visión excepcional y sin filtros de las prioridades pastorales de León XIV.
La inteligencia artificial no fue el tema central del encuentro, pero se convirtió en uno de sus momentos más impactantes. «Resistan la tentación de preparar homilías con inteligencia artificial», instó el Papa. Enmarcó la advertencia no como tecnofobia, sino como antropología. Así como los músculos se atrofian por falta de uso, dijo, también lo hace el intelecto. La mente de un sacerdote debe ejercitarse, no externalizarse. Sin embargo, su argumento fue más allá. Una homilía no es un producto técnico, sino un acto de testimonio. «Dar una verdadera homilía es compartir la fe», dijo al clero romano. La inteligencia artificial, por sofisticada que sea, «nunca podrá compartir la fe». Puede procesar datos, sintetizar comentarios e imitar el estilo, pero no puede dar testimonio de un encuentro con Jesucristo.
La sensibilidad de León XIV a la disrupción tecnológica no es nueva. A los pocos días de su elección en mayo, explicó al Colegio Cardenalicio que había elegido su nombre papal en consciente continuidad con el Papa León XIII, cuya encíclica social de 1891, Rerum Novarum, abordó los trastornos de la primera revolución industrial. Al invocar ese legado, el actual Papa manifestó su conciencia de que la revolución digital actual, en particular el auge de la inteligencia artificial, plantea cuestiones comparables sobre la dignidad humana, el trabajo y la integridad de la conciencia.
En su intercambio con los sacerdotes romanos, León XIV tradujo estas preocupaciones generales en consejos pastorales concretos. Una homilía debe ser «inculturada», arraigada en la realidad vivida de una parroquia específica. Los fieles, dijo, quieren ver la fe de su sacerdote: su experiencia de haber encontrado y amado a Cristo y el Evangelio. Eso no se puede descargar. El Papa también advirtió contra una distorsión más sutil de la identidad sacerdotal: la búsqueda de validación en plataformas de redes sociales como TikTok. La ilusión, sugirió, es creer que acumular seguidores o «me gusta» significa que uno está evangelizando eficazmente. Si un sacerdote se ofrece principalmente a sí mismo —su personalidad, sus opiniones— en lugar de transmitir el mensaje de Cristo, corre el riesgo de confundir visibilidad con fecundidad. «No es porque soy que ofrezco lo que soy», advirtió, llamando a la humildad y a la introspección constante. El fundamento más profundo, insistió León XIV, es la oración. No se trata de la recitación apresurada del breviario «lo más rápido posible», aunque esté guardado cómodamente en un teléfono inteligente, sino de tiempo genuinamente dedicado al Señor: escuchando la Palabra de Dios, rezando los Salmos, entablando un diálogo auténtico. La oración implica afrontar preguntas: «¿Por qué, Señor? ¿Qué quieres de mí? ¿Qué puedo hacer?», y permitir que esas preguntas transformen el ministerio. Solo desde una vida auténticamente arraigada en Dios puede un sacerdote ofrecer algo que no sea meramente suyo.
La conversación se amplió a los desafíos generacionales y culturales. Un joven sacerdote preguntó cómo el clero puede apoyar a sus compañeros y llegar a la juventud actual. León XIV pintó un panorama desolador: muchos jóvenes viven en un profundo aislamiento. El fenómeno se intensificó después de la pandemia, pero no comenzó allí. El omnipresente teléfono inteligente crea la ilusión de compañía —»mi amigo está aquí», podría decirse— mientras que el contacto humano se debilita. Lo que surge es distancia, indiferencia y una pérdida de aprecio por las relaciones genuinas.
Con información vía Zenit.org
