A partir de los años 70 en especial, se fue generando una intensa suma de reformas violentas sobre la propiedad privada en nombre y justificación de supuestas reivindicaciones que no eran tales, nunca lo fueron.
La reforma agraria por ejemplo, supuso quitarle la propiedad de la tierra a personas o empresas familiares, no era limitar el tamaño de la propiedad o ponerle regulaciones y más derechos al trabajo que se hacía en una hacienda, fundo o parcela. Se trataba de una venganza contra el éxito, una tarea feroz donde se usaba la fuerza del Estado para volver a cero el emprendimiento empresarial en el agro destruyendo todo, iniciando el sueño revolucionario y la pesadilla ciudadana.
Con soldados y unidades blindadas, los militares “activistas y militantes de la revolución” entregaban casas, maquinarias, tierras, sembríos, reservorios, almacenes, vehículos, tractores, canales y todo cuanto pudieran expropiar, y para eso iban con decenas de burócratas de izquierda que también eran “activistas y militantes de la revolución”, conductores de ese nuevo Estado que se impuso contra la Democracia. Lo entregaban como un legado a campesinos sin dirección, sin capacidad inmediata de gestión y administración. Lo devolvían a sus nuevos dueños (indescriptible esa versión), según el discurso oficial.
Vinieron cubanos, chilenos, frustrados ex guerrilleros bolivianos y por supuesto los extremistas argentinos y cuanto comunista latinoamericano se encontrara a disposición. El único requisito era levantar el puño, mirar con odio y arengar a las masas para que “el patrón no coma más de tu pobreza”. Así ocho millones de hectáreas dejaron de ser propiedad de sus legítimos dueños para convertirse en SAIS o sociedades agrícolas de interés social, donde se juntaban los campesinos, las comunidades aledañas y el Estado con los representantes de la Junta Revolucionaria de Gobierno, una mezcla que explotaría en el tiempo produciendo pobreza, miseria y la migración histórica más grande desde el campo a la ciudad, donde se formarían los nuevos cinturones de angustia, bautizados como Pueblos Jóvenes.
Las SAIS tenían que vender su producción a empresas estatales recién creadas como la Empresa Nacional de Comercialización de Arroz- ECASA; Empresa Nacional de Comercialización de Insumos- ENCI; Empresa Pública de Servicios Agropecuarios- EPSA; Empresa Nacional del Tabaco- ENATA; Empresa Nacional de Comercialización de Harina y Aceite de Pescado- EPCHAP, Inca Lana y Alpaca Perú para la comercialización de la lana y la fibra de alpaca, y además depender en la parte financiera de los Bancos Agrario, Industrial y Minero, entre otros. Todos esos bancos, todas esas empresas, quebraron en poco tiempo, después de crecer exponencialmente en sus planillas de burócratas, salarios exorbitantes y oficinas de lujo.
De la noche a la mañana, todo fue oscuridad en el Perú. Se crearon cadenas improductivas cuyo punto de partida iba desapareciendo por muchos factores, no sólo por pésima gestión, critica administración, ausencia de planeamiento o falta de recursos, sino por la corrupción “revolucionaria” y la terrible injerencia del Estado usurpador de la iniciativa privada.
Sólo en estas diez empresas estatales se generaron más de veinte mil puestos de trabajo para los adeptos de la revolución peruana, que sumados a los del SINAMOS o sistema nacional de movilización social -la portátil agresiva del gobierno y sus secuaces, dirigida por una banda de subversivos frustrados por su fracasada guerrilla-, eran el colchón de hostilización a los contra revolucionarios como yo, a mis 13 años de edad.
En este escenario, el Estado se desbordó dejando su rol, asumiendo el triste papel de arma de una dictadura comunista para avasallar el sentido de pertenencia sobre la propiedad privada, el trabajo y nuestros valores.
Se produjo una gran crisis popular -ausencia de oposición con mensaje, ausencia de liderazgos, destrucción de la institucionalidad y de los gremios-que devino en el nacimiento del terrorismo y un temor generalizado hacia la política (que no era en realidad “política” sino una máscara de la realidad, tergiversada, manipulada para crear rechazos). No hubo ninguna respuesta organizada del pueblo en calles ni plazas, porque vencer a los comunistas no es tarea fácil cuando se apropian del poder y usan las armas en contra de tu Libertad.
El tiempo pasó, las fuerzas renacieron al cabo de doce años, las voces se juntaron, un país cambió y volvió al camino natural, habiendo perdido tiempo, vidas y sueños que la esperanza no pudo contener.
Si nunca te contaron esto, yo lo seguiré haciendo.