Debatimos en nuestras aulas sobre la enorme cantidad de candidatos que se van conociendo a través de las redes sociales y los medios de comunicación, más de lo que, como antes, eran las habituales conversaciones en el trabajo, la casa, el barrio u otros espacios de intercambio de opiniones. Hoy en día, esos espacios ya no están en esos lugares comunes, porque en el trabajo todo es email o mensajes, en casa es WhatsApp familiar grupal o uno a uno cuando no quieres que otro de tu familia se entere, en el barrio es una mezcla que va desde Facebook, Twitter e Instagram a un “guasapeo” de noticias, memes y “cosas en las que uno es el primero en conocerlas”. No nos hemos dado cuenta de la separación enorme de la humanidad, de la familiaridad y de la pareja misma donde ya no se habla de familia matrimonial, sino de algunas otras indefiniciones que definen “las nuevas familias”.
Y en esa corriente de distorsiones, vamos al encontrón en las redes sociales, que son el nuevo barrio, la familia en modo virtual, las amistades en zona de nubes. En cada espacio, nos deshumanizamos porque usamos un “axón” para caer en el círculo de las nuevas comunicaciones (todo debe ser “nuevo”, la familia, el Estado, la moral…).
El concepto general que se ha ido deformando a lo largo del tiempo, es ‘ahora’, lo que opinan los ciudadanos: “la política es un delito más, tal vez el peor y en los partidos están las guaridas de los cárteles que vienen a imponer la agenda del engaño, a fin de obtener el dinero del rebaño”. ¿Antes era así? Algunos dicen que siempre ha sido de esa forma. No, antes eran otros tiempos, auténtica ética y moral política que, bajo liderazgos indiscutibles no caían en redes de corrupción, sino que, pudiendo haber semillas de manipuladores hacia la corrupción, se iban detectando a tiempo y se les apartaba, sellando el fin de algunos rostros desagradables que difícilmente volvían a la escena político-partidaria. Hoy en cambio, un delincuente cambia de organización criminal y los medios son el eco de esas transformaciones, sin condenar (al contrario, muchísimas veces publicitan y acompañan la novela delincuencial que se escribe de nuevo).
Hay dos grandes escenarios este año electoral: partidos con lo peor de la sociedad, partidos con quizás algunas excepciones de vida limpia. ¿Cómo identificarlos? El prontuario resalta, las promesas los condenan, la hipocresía que se desborda de sus poses y muecas es evidente, las fotografías que ponen en afiches, carteles y encartes, no son de ahora, no son reales, están cargadas de Inteligencia Artificial y maquillaje humano.
Cada día que pasa, siento que de cinco quedan dos partidos y quizás, en esos dos partidos, la huella del delito se ha metido por algún lado y no se dan cuenta los pocos que creen que están donde debían de estar.
El pesimismo es evidente, la indiferencia sigue fuerte.

