En el Perú hay un campeonato casi anual de la estupidez, no de la ignorancia, en el que la pelea es de gran audiencia porque los sabios que lo saben todo, son los mismos que no saben nada y por eso, se enlistan en el servicio voluntario del servilismo político gubernamental. Con casi un presidente por año, podríamos esperar un presidente semestral y todo sería igual: el reino de la frecuente estupidez que conduce a la indiferencia general y a la dejadez de responsabilidades porque en verdad, para qué intentar servir al país, si de él se sirven criminales y ladrones que irrespetan tu esfuerzo, tu Voto, tu sentido de patria y aspiración de progreso y desarrollo. Para qué ser ciudadanos -y es un valor perdido-, una costumbre ajena a la vida que nos merecemos por nuestro silencio.
El abandono de los deberes no encuentra equilibrio en la aspiración de los derechos. Ni uno ni otro existen en el país que abandonamos en un mar sin viento, sin tempestades, que nos acoge esperando que rememos y no lo hacemos jamás porque parece ser que esperamos la tormenta, el hueco en la balsa y los remolinos. Queremos que suceda lo peor para esperar algo peor, sino no reaccionamos. ¿Se dan cuenta?
¿Y cuándo sabremos que ya es lo peor? Ese es el problema adicional, porque no lo sabremos, porque en nuestra medición de las catástrofes existen espacios suficientes para esperar más de lo peor. Ese es el país que tenemos, extraordinario y a la vez calamitoso.
Hoy que estamos a casi un mes de “la primera vuelta” del proceso electoral presidencial y parlamentario, vemos que dos de cada tres están como ausentes, sin decidir, sin optar, sin siquiera decir “quizás, tal vez, pueda ser” que mi voto ya esté decidido y en esa coyuntura que crece (más de lo negativo) existe la posibilidad de anularse todo porque se llegaría a superar el voto nulo, blanco y mal emitidos, con lo que ¡bendiciones! tendremos más caos y más crisis, como para estar a tono con las desgracias que nos han hecho la vida misma.
Siendo muy probable que la incompetencia sea la que siga gobernando en cualquier escenario, hoy estamos a merced de un gobierno de incapaces absolutos, reyes de la incompetencia y peregrinos de la estupidez. A cada presidente le acompaña siempre un peor consejo de ministros donde el liderazgo no existe en absoluto y por eso cuando se reúnen los ministros, repiten que fue bajo “el liderazgo de quien no lo tiene” (su PCM) porque no lo ejerce, porque la incapacidad no suma talentos sino perversiones (más que ambiciones).
No hay rumbo, no lo habrá. La esperanza debería tener nombre de mujer, pero de temple, no como lo que nos tocó por error y componenda inaceptable.
