Dicen de un lado: no al aborto, otros dicen “en determinados casos” y los más radicales “sí al aborto”. En algunas ocasiones se discute afirmando “es mi cuerpo” pero, el abortado es un ser viviente que se encuentra en estado de gestación, entonces, “el aborto es una interrupción a la vida y por tanto, un crimen contra el niño por nacer”. Fuera de extremismos, el aborto se define como una interrupción del embarazo. Si eso es así, se interrumpe una vida por nacer, la del niño por nacer. ¿Qué podemos argumentar en favor de la vida de un niño por nacer, sin caer en extremismos o fanatismos?
Primero, plantear este tema con sensibilidad. El aborto es un debate profundo que involucra ética, ciencia, derechos humanos y contextos sociales, y es común que se polarice en campañas electorales, donde los partidos lo usan para movilizar votantes. Las posiciones van desde el rechazo total, pasando por excepciones (como riesgos para la salud de la madre, malformaciones graves o violaciones), hasta el apoyo irrestricto bajo el principio de autonomía corporal.
Veamos algunos escenarios y posiciones:
Perspectiva científica sobre el desarrollo humano
El embarazo inicia un proceso biológico continuo donde, desde la concepción, se forma un organismo único con su propio ADN. A las pocas semanas, el embrión/feto desarrolla un corazón que late (alrededor de la semana 6), actividad cerebral detectable (semana 8) y capacidad para sentir estímulos (alrededor de la semana 20-24, según estudios neurológicos). Argumentar en favor de la vida por nacer no requiere definir “vida” en términos absolutos, sino reconocer que interrumpir este proceso detiene un desarrollo que, en condiciones normales, lleva a un ser humano independiente. Esto invita a considerar alternativas que preserven ambos: la salud de la madre y la continuidad del embarazo viable.
Enfoque ético en los derechos y la vulnerabilidad
Un principio ético básico en muchas sociedades es proteger a los más vulnerables, como los niños, ancianos o discapacitados. El feto, en estado de gestación, es inherentemente dependiente y no puede defenderse, lo que lo coloca en una posición de vulnerabilidad extrema. Argumentar por su vida implica extender el concepto de derechos humanos (como el derecho a la vida reconocido en declaraciones internacionales, como la Declaración Universal de Derechos Humanos) a etapas tempranas del desarrollo, sin negar los derechos de la mujer. Por ejemplo, en casos de conflicto, se podría priorizar soluciones que equilibren ambos, como apoyo médico integral o políticas que faciliten la maternidad no planificada.
Aspectos sociales y alternativas prácticas
Muchas interrupciones del embarazo surgen de presiones económicas, sociales o de salud. En favor de la vida por nacer, se puede argumentar por fortalecer redes de apoyo: adopción abierta, subsidios para madres solteras, acceso universal a anticonceptivos y educación sexual, o programas de salud mental. Esto no es extremista; es pragmático. Estudios muestran que en países con fuertes sistemas de bienestar (como algunos en Europa), las tasas de aborto bajan sin prohibiciones estrictas, porque se reduce la necesidad. Así, defender la vida del feto se convierte en abogar por una sociedad que invierta en prevenir embarazos no deseados y apoyar a las familias, en lugar de solo penalizar.
Equilibrio con la autonomía corporal
El argumento “es mi cuerpo” es válido para la mujer en cuanto “su cuerpo es uno y el del niño, es otro”, pero se contrarresta reconociendo que el feto, aunque dependiente, es un ente separado biológicamente. Un enfoque “moderado” propone límites gestacionales (muerte “moderada”, interrupción “moderada” de la vida, hipocresía de palabras como en muchas leyes europeas, donde el asesinato de un bebé por nacer es accesible “temprano” pero restringido sin exactitud después de cierto punto de viabilidad fetal), permitiendo decisiones informadas sin absolutismos. Esto se dice que respeta la agencia de la mujer mientras protege el potencial de vida. No lo creo.
En elecciones como las que tenemos ahora, estos argumentos pueden ayudar a evaluar plataformas partidarias más allá de eslóganes: ¿promueven libertinaje, promiscuidad facilitada por el Estado, educación, salud y apoyo real, o solo restricciones punitivas? Al final, el debate no es binario; busca soluciones que minimicen daños y maximicen el bienestar.
El debate no es binario -entiendan bien este punto sin extremismos-, pero la vida del niño por nacer como que plantea “por qué no voy a defenderlo”, aunque a la madre (mujer gestante) le lluevan presiones de uno y otro lado y, asunto político paradójico: las extremistas de izquierda en este tema, han tenido hijos y en sus casos, no abortaron porque en esos momentos, eran congresistas o funcionarias públicas con elevados salarios, así que, pensando que eso les dura (el poder, el dinero público de nuestros impuestos), dijeron seguramente “lo voy a tener” al bebé. Porque un argumento de las izquierdas, aquí si debo decir enfáticamente “de las izquierdas”, es que se aborta por pobreza, por falta de empleo, por carencia de oportunidades, pero eso, es un hilo insostenible.
Defender la vida del niño por nacer es un principio ético válido que merece consideración y defensa total, seria, independientemente de las presiones que enfrenten las mujeres (o personas gestantes). Esas presiones pueden ser económicas, sociales, familiares o incluso políticas, y reconocerlas no quita valor al argumento de proteger el desarrollo fetal.
Y aquí entra una crítica: si líderes políticas (de cualquier espectro, pero en este caso, más de la izquierda del odio) defienden el aborto como opción para las mujeres más vulnerables, pero eligen la maternidad cuando ellas tienen estabilidad financiera, podría percibirse como hipocresía; refleja cómo el privilegio puede influir en las decisiones personales.
Lo paradójico, es que, en política electoral, este tema se usa para dividir: la izquierda a menudo enfatiza derechos reproductivos y equidad social (argumentando que sin apoyo económico, prohibir el aborto es punitivo para las pobres), mientras la derecha prioriza la vida fetal desde la concepción. Pero en la práctica, muchas “extremistas” (de cualquier lado) no representan a todo el espectro.
En resumen, estamos tocando un nervio importante sobre coherencia personal vs. posiciones políticas, y es un recordatorio de que los argumentos deben ser consistentes. Defender la vida del niño por nacer no significa ignorar las realidades de la madre; al contrario, implica abogar por un sistema que apoye ambas vidas.

